Una Navidad al ralentí

Juan Carlos Blanco Periodista y consultorOPINIÓN
En Callao, la gente no tuvo inconviente en rodear a este músico callejero
Concentración de personas en la plaza de Callao.
Jorge París

Ahora que hemos decidido que cada comunidad gobernará la pandemia como pueda y como quiera, es hora de ponernos jacobinos y reclamar algunos criterios uniformes a la hora de plantearnos cómo organizaremos la presunta desescalada navideña. No es lo mismo pasear por Callao o por Las Ramblas de Barcelona que por una serranía extremeña o una montaña de Cantabria y, por tanto, hay que acompasar las restricciones que se imponen tanto a la singularidad de los territorios como a los niveles de contagio que sufran cada uno de ellos. Pero en todos los casos sí que tenemos que aplicarnos todos un criterio del que nos olvidamos con demasiada frecuencia: el de la prudencia y el sentido común.

"Esto no va de aprenderse logaritmos neperianos, sino de disciplinarnos como si fuéramos asiáticos salidos de Wuhan"

Suena pelín tópico pero hay que repetirlo hasta que nos cansemos. Al menos hasta que llegue el santísimo grial de la vacuna, esto no va de aprenderse logaritmos neperianos para protegerse de la Covid, sino de disciplinarnos todo lo que podamos como si, en vez de latinos dispuestos legítimamente a abrazarnos con media humanidad, fuéramos asiáticos recién salidos de la pesadilla de Wuhan.

Quienes saben de verdad de qué va este espanto llevan repitiéndonos la fórmula desde antes del verano: mascarillas, geles, distancia, pocas reuniones, mucha ventilación y más vida al aire libre que nunca... aunque eso signifique desayunar al fresco como un valiente en una terracita de Soria o de Valladolid a las ocho de la mañana de un día nublado de diciembre. Y esto vale tanto para las fiestas navideñas como para un martes cualquiera. Duele, porque nos obligará a vivir una Navidad al ralentí, pero es que no hay otra. O eso, o un enero endemoniado.

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