Estado de alarma electoral

Una sanitaria administra la vacuna contra el coronavirus a una anciana en el Centro de salud Rejas, en Madrid.
Una sanitaria vacuna contra la Covid a una anciana en un centro de salud de Madrid.
EP

España no vive solo un estado de alarma sanitaria. También vive su particular estado de alarma electoral. La campaña perpetua que soportamos con resignación ha roto todos los posibles consensos que existieron en la primera fase de la lucha contra el enemigo común de la pandemia. Y la batalla madrileña ha terminado por sesgarlo todo hasta provocar una situación insólita: no sabremos realmente si habrá prórroga del estado de alarma al menos hasta que se celebren las elecciones de la Comunidad de Madrid.

Las razones ya se conocen: Pedro Sánchez no quiere que el PSOE aparezca como el Don Cicuta de las restricciones frente a un PP en brazos del extremismo castizo de la defensora de las terrazas, las cañas y las libertades de la Puerta del Sol y, por eso, anuncia que se carga el estado de alarma sin negociarlo con la oposición y con las comunidades autónomas, y sin molestarse en anunciarnos cuáles son las alternativas legales para controlar la expansión de unos contagios de coronavirus que no saben de cálculos electorales.

Fijaos en las fechas porque nos dan una idea de lo absurdo que es todo. Las elecciones de Madrid se celebran el 4 de mayo. Y el estado de alarma decae el día 9. Solo cinco días después. Quizás la situación sanitaria haya mejorado mucho por entonces gracias al acelerón de las vacunaciones, pero cuesta creer que sea tan buena como para darle un portazo a una herramienta que nos está permitiendo que la pandemia no se nos vaya aún más de las manos.

Cuánto ganaríamos como país si, al menos, tuviéramos en esos cinco días de mayo un debate serio y riguroso sobre el estado de alarma, un debate que no estuviera contaminado de este cortoplacismo electoral enfermizo que soportamos. Ya sé que es ingenuo pensarlo, pero viendo las alternativas, mejor eso que una barra libre para la Covid por culpa de nuestra miopía política colectiva.

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