La peligrosa autodeterminación de sexo

Joaquim Coll  Historiador y articulistaOPINIÓN
Justicia espera que la Ley Trans llegue al Congreso antes de que acabe 2021
Manifestación a favor de la 'ley trans' frente al Congreso.
20M EP

La ministra de Igualdad, Irene Montero, ha presentado la ‘ley trans’ como un gran avance en derechos y libertades civiles en España. Y, aprovechándose de que a la sociedad le falta memoria, quiere hacernos creer que hasta ahora las personas transexuales no tenían reconocidos sus derechos contra todo tipo de violencias y marginaciones. Desde la inclusión de la igualdad y la no discriminación por sexo en la Constitución, se han ido sucediendo los avances para el maltratado colectivo LGTBI, particularmente en 2007 con la ley de identidad de género. 

Pese a sus insuficiencias, marcó un hito porque, a partir de entonces, los transexuales pudieron cambiar su nombre y sexo en el DNI sin tener que operarse. El problema ahora es que la citada ‘ley trans’ introduce una teoría tramposa, la libre determinación de sexo, la llamada "autodeterminación de género", que confunde sexo y género. Se presenta como una exaltación de la libertad individual frente a la tiranía de la biología.

Una gran parte del movimiento feminista se ha puesto en pie de guerra y escritoras valientes como Laura Freixas o Najat El Hachmi han denunciado sus potenciales consecuencias catastróficas tanto para los derechos de las mujeres como de la infancia. Si el trámite parlamentario no lo remedia, a partir de los 14 años se podrá cambiar de sexo, incluso sin cambiar de nombre (porque a partir de ahora ya no habrá nombres de mujer o de hombre) y, sobre todo, sin necesidad de informes médicos previos. Solo por el simple deseo del individuo. 

El feminismo no se opone a que las personas que sufren disforia, es decir, que viven mal su identidad de género con su sexo biológico, sean redefinidas completamente como mujeres u hombres, pero siempre que haya un diagnóstico emitido por profesionales, útil también para detectar posibles situaciones dramáticas subyacentes. La nueva ley, en cambio, lo reduce a una declaración del interesado a quien no se le exige nada para cambiar legalmente de sexo.

Si a partir de un sencillo trámite administrativo un hombre puede pasa a ser una mujer a todos los efectos, las políticas a favor de la igualdad de género se ponen entredicho, ya que la discriminación secular que han sufrido –y todavía sufren– las mujeres es porque han nacido hembras. Si el sexo biológico se borra, entramos en un terreno muy peligroso para sus derechos.

Finalmente, la perspectiva transgénero puede acabar acelerando, imponiendo socialmente, procedimientos irreversibles como la cirugía o la hormonación en adolescentes a los que se les priva de la atención psicológica y médica ante la decisión seguramente más importante de sus vidas. Y todo bajo el principio confuso de la autodeterminación de sexo vendido como progresista. 

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