Quitando nieve

Unos vecinos intentando desenterrar su coche en Falset.
Dos vecinos desenterrando un coche sepultado por la nieve en Tarragona.
ACN

Lo admito: yo también estoy cansada de contar noticias insólitas, impredecibles, históricas. Ya no me cabe ni un titular más. Solo pido un día normal y, si puede ser, detrás de ese día normal, otro más. Y si completamos así una semana, pues oye, feliz. Sí, yo también era de las que pensaba que con el año nuevo pasaríamos página y aquí estamos, parpadeando todavía por todo lo que hemos visto en esta semana. Trump, Filomena y el frío polar. Y solo llevamos 13 días de este año que prometía tanto, al que tanto añoramos y soñamos allá por abril. Y aquí está, sepultándonos en una montaña de nieve y de frío como carta de presentación.

Pero soy de las que piensa que de todo hay que sacar el lado positivo, aprender, sacar la garra que tenemos dentro y tirar para adelante. Si la vida te da limones... pues ya sabes. Así que el otro día, tras la gran nevada, tocó limpiar nuestra calle. Esa que vimos durante meses desde la ventana, tocó ayudar a los vecinos a los que saludábamos desde los balcones, retirarles las ramas del coche a quien se le habían desplomado. Y de nuevo, sonreír, porque volvías a unirte hombro con hombro con esa persona que hasta hace nada, apenas saludabas cuando te la cruzabas en el portal. Redescubrir a tus vecinos.

"Hay vecinos a los que no soportas nunca, ni con nieve ni sin ella, pero da igual. No hace falta caerse bien para arrimar el hombro y juntar fuerzas para salir"

Ahí estábamos muchos, unos con palas (es increíble lo poco preparados que estamos). Las únicas que conseguimos en nuestra urbanización fueron la del jardinero y las tres que tenían unos vecinos franceses (no me preguntéis por qué, pero tenían 3, ¡3!). Los que no tenían palas salieron con las bandejas del horno, sí, las negras que llevan todos los aparatos de serie. Resultaron ser el mejor sustituto de la pala tradicional. Te deslomas más, cierto, pero limpias que es una barbaridad.

Y cuando vieron a los mayores deslomados, ahí salieron los más jóvenes, a relevarnos, y los pequeños a echar una mano con las botas, con lo que podían. A media mañana éramos una cuadrilla de unas 14 personas que, a poquitos, habíamos conseguido hacer un pequeño caminito hasta la puerta. Incluso logramos que uno de los vecinos saliera con su coche camino del hospital. Acabamos agotados, pero sonriendo. Juntos lo habíamos logrado. Al día siguiente, los que teníamos que salir a trabajar andando, podíamos sortear la salida más o menos. Hay vecinos a los que no soportas nunca, ni con nieve ni sin ella, pero da igual. No hace falta caerse bien para arrimar el hombro y juntar fuerzas para salir. Y con eso te quedas.

El otro día leía que no debemos extraer lecciones de cada cosa insólita que nos ocurra. Es cierto, no es obligatorio, pero prefiero ir aprendiendo de lo que me va pasando para no agotar mi vida lamentándome todo el rato. Con la de momentos impredecibles que llevamos, como me quede en la queja, me voy a convertir en una vieja gruñona y de esas ya hay demasiadas. Solo pido un día normal, pero mientras tanto déjenme disfrutar de haber tenido una burbuja de sonrisas quitando una nieve que nadie quería.

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