Fernando Baeta  Subdirector del área editorial de Medios de Henneo

Él

Iván Redondo, entrevistado por Jordi Évole.
Iván Redondo, entrevistado por Jordi Évole.
LASEXTA

Él, que aparentemente va por la vida con un par de fichas de ajedrez en el bolsillo, debería haber leído y aprendido algo del maestro cubano José Raúl Capablanca: "Ha habido momentos en mi vida –dijo en cierta ocasión el que fuera campeón del mundo– en los que estuve muy cerca de pensar que no podía perder ni una sola vez. Y cuando perdía, la derrota me obligaba a descender a la tierra desde el mundo de los sueños".

Él, visto lo de Évole, no parece haber descendido a la tierra todavía y sigue anclado en ese mundo de sueños y hasta de fantasía en el que tan bien se desenvuelve esa autocomplacencia que siempre le acompaña. Todavía no se ha dado cuenta de que ha vuelto a perder, de que pierde tanto como gana. De que acabó perdiendo con Basagoiti, con Albiol, con Monago y ahora con Sánchez. Que es verdad que empieza ganando, bajo la máxima de que el fin lo justifica todo –desde jugar con el fantasma de la inmigración en Badalona a vender su alma al diablo para vivir en la Moncloa pasando por machacar y degradar al bueno de Fernández Vara en Extremadura–, pero también que siempre termina perdiendo.

La pequeña pantalla nos devolvió la imagen de un personaje hueco e impostado. Mucha apariencia y escasa entidad

La pequeña pantalla nos devolvió la imagen de un personaje hueco e impostado. Mucha apariencia y escasa entidad. Se ha convertido en un personaje de sí mismo y de sus circunstancias en una telenovela que empezó en prime time y se ha despeñado por el barranco de la madrugada. No hay nada de Aaron Sorkin en él.

Por eso, cuando habla de principios, uno se ríe. Y me río porque le recuerdo defendiendo y justificando con pasión un sinfín de viajes de un senador por Extremadura a Canarias para ver a su novia, a costa del erario, o calentando la vena xenófoba de un candidato en su lucha por conquistar una alcaldía. Su actuación ya no engaña a nadie y por eso cuando cae el telón, nos damos cuenta de que, por ahora, se acabó el invento, de que él ya no da para más e Iván Redondo tampoco. 

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