Fernando Baeta  Subdirector del área editorial de Medios de Henneo

Como bellacos

Pedro Sánchez y Pablo Casado se saludan a la entrada del Palacio de La Moncloa.
Pedro Sánchez y Pablo Casado se saludan.
EFE/Fernando Villar

Llegar a mentir a todo el mundo todo el tiempo es una de esas cualidades que no se sabe muy bien ni cómo ni dónde se aprende pero que mejor sabe manejar nuestra clase política. Lo hace casi inconscientemente cuando está en la oposición y quiere trepar al poder y lo hace por necesidad y para seguir en el machito cuando está arriba y no quiere regresar a las catacumbas de la insignificancia. Es decir, se miente igual, perdón por la generalización, en ambos lados y se miente a espuertas, como bellacos, es decir, sin avergonzarse de ello, cuando se ha conocido el jabugo y no se quiere volver a la pizza. PSOE y PP saben de lo que hablo porque, a fin de cuentas, son los que se han repartido este botín.

Dos ejemplos recientes –pero hay muchos y a diario– nos confirman algo que ya sabíamos, que la mentira no está reñida con ninguna ideología. La reciente renovación de cuatro plazas en el Tribunal Constitucional y la monumental trola de que el Gobierno iba a hacer pagar a las eléctricas el facturón de la luz que azota sin tregua a los ciudadanos nos sirven para comprobar que la falacia es ambidiestra.

Que el PP haya accedido a cambiar cromos, corrompidos algunos, en el TC con lo que vienen pontificando del Poder Judicial y de que son los jueces los que deben elegir el gobierno de los jueces provoca sonrojo cuando no vergüenza, además de un grave desprestigio para la institución. Que el Gobierno dijera en voz alta que Iberdrola, Endesa y otras iban a tener que aflojar más de 2.600 millones y que ahora sepamos que no llegará ni a 200 no deja de ser una prueba más del grave problema que Pedro Sánchez tiene a todas horas con la realidad, con la verdad, con los números, con los porcentajes, con los datos, con las personas… digamos que lo suyo es la versión política de cierto periodismo malsano que no permite que la realidad estropee un buen titular.

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