Las cenizas de Totó

Fernando Baeta  Subdirector del área editorial de Medios de HenneoOPINIÓN
La llamada siempre debe asociarse con estímulos positivos.
Un niño acaricia a un perro.
PIXABAY

Siempre caminó a nuestro lado. Formó parte activa de la familia desde que llegó hace casi 13 años. Desde entonces, desde el primer día que puso sus cuatro patas en casa, se convirtió en uno más, en uno de los nuestros, en uno de los pilares del grupo. Ahora que ya no está –se fue en octubre– seguimos diciendo su nombre, sintiendo su sombra, imaginando que aún sale a recibirnos, soñando que duerme a nuestra vera, escuchando su lento deambular de los últimos meses. Sobrevivimos a su ausencia gracias a los recuerdos imborrables que marcaron nuestra andadura conjunta. Seguimos sonriendo al recordar lo inolvidable y volvemos a llorar al comprender que el cuento concluyó. Totó era nuestro perro y nosotros siempre aspiramos a ser sus humanos. Me gustaría creer que estuvimos a su altura porque él, desde luego, sí supo estarlo cada día de su existencia.

Aun corriendo el riesgo de parecerles cursi y sensiblero –que lo soy–, escribo esto para reclamar comprensión a aquellos que no entiendan esta enfermedad incurable que padecemos, esta afortunada debilidad, esta locura transitoria y maravillosa que algunos sufrimos cuando un cruce de miradas con nuestros amigos nos descompone en mil pedazos, cuando levantan una de sus patas delanteras pidiendo amor, cuando se deshacen al recibir una caricia, cuando hacemos lo propio al sentir un lametón, cuando nos rozamos, cuando caminan al amparo de nuestra alargada sombra hasta fundirse en ella y pasar a formar parte de uno. Si no saben de lo que hablo, también ignoran lo que se pierden.

Las cenizas de Totó, como antes fueron las de Tosca y Borschi, sobrevuelan nuestra memoria y una trayectoria familiar que jamás habría sido la misma sin su presencia. Los tres han escrito páginas enteras del diario de nuestras vidas. Hemos sido afortunados. Ellos nos han hecho infinitamente mejores de lo que hubiéramos sido de no haber viajado a su lado.

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