Estufas en las terrazas

Una estufa de gas en una terraza, en una imagen de archivo.
Una estufa de gas en una terraza, en una imagen de archivo.
STEVE PARKER / WIKIMEDIA COMMONS

¿En España no hay debate sobre las estufas instaladas en las terrazas de los bares? Fue la pregunta incómoda de Mari Pierre, mi amiga francesa. En su país, la ciudad de Rennes ha sido la primera donde tales calefactores callejeros de gas o eléctricos se han prohibido. París, Grenoble y Burdeos estudian medidas similares. No se concibe decretar la emergencia climática pero al mismo tiempo promover la instalación de calefacción en las calles.

Me quedé sin respuesta. Este debate sobre tan inconcebible derroche energético nosotros ni lo contemplamos. Es más, aceptamos las sombrillas de calor como confortable mejora del cada día más extendido terraceo.

Teníamos una norma impecable de prohibición del tabaco que la tradicional picaresca española ha pulverizado invadiendo las calles con toda clase de artilugios para fumadores, como toldos, cortavientos y cañones de aire caliente apuntando al cielo. Si hace frío métete dentro del bar, diría cualquier persona sensata. O quédate fuera tapado con una mantita, como es habitual ofrecer a la clientela en las cafeterías de lugares especialmente fríos como Alemania, Suecia o Noruega.

Según cálculos del Ministerio de Transición Ecológica, una única estufa encendida en una terraza durante ocho horas emite tanto CO² como las emisiones generadas en un viaje en coche de gasolina de 120 kilómetros. Cuatro estufas de un bar encendidas una semana equivalen a las emisiones generadas en un trayecto en avión de Barcelona a Las Palmas de Gran Canaria ¡ida y vuelta! No se trata de prohibir, se trata de ser responsables. Porque con esto del cambio climático, lo que preocupa no son las estufas. Me preocupa el aire acondicionado callejero, que seguro llegará pronto.

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