Emilia

Retrato de Emilia Pardo Bazán, de Joaquín Vaamonde.
Retrato de Emilia Pardo Bazán, de Joaquín Vaamonde.
MUSEO DE BELAS ARTES DA CORUÑA

¿Queda, a estas alturas, algo nuevo que decir de Emilia Pardo Bazán? La tentación es pensar que no: una de las autoras españolas más conocidas, tanto en su faceta pública como privada, reivindicada con fuerza durante los últimos años por su compromiso feminista, adaptada y estudiada, ¿qué puede ocultar? Incluso durante 2020 su figura apareció de refilón en otro aniversario, el de Pérez Galdós, tierna, cercana y un poco ridiculizada por su físico y su pasión por el gran autor.

¿Queda algo por descubrir de esta mujer devenida en icono, más reconocida que leída, pese a que las recientes reediciones de, por ejemplo, Insolación, la han acercado a nuevas generaciones? La respuesta que ofrece la exposición que Isabel Burdiel ha comisariado para la Biblioteca Nacional, abierta hasta el 26 de septiembre resulta inesperada y perturbadora: quizás no sean tanto los datos nuevos que revela como la interpretación y el contexto de los mismos los que transmiten al visitante una impresión completamente diferente, como si una luz indirecta perfilara imágenes hasta ahora planas. Entre ellas, destacan dos ataques innecesarios y de una brutalidad cruda.

El primero lo realiza su propio confesor, en una carta despreciable, manipuladora y paternalista cuando el padre de Emilia acaba de fallecer. Quizás, apunta, la muerte del padre adorado haya sido un castigo a la hija, a él mismo o a ambos por haber tolerado la separación de la escritora y su vida excesiva y libre. Quizás sea el momento en el que deba reconciliarse con el marido y convertir la culpa en expiación.

"La inevitable, como la llamaban en algunas caricaturas, alcanzó otros reconocimientos, pero no el ser académica"

El segundo, más conocido, se prolongó durante años, lo protagonizaron diversos intelectuales de la época y tuvo como origen la pretensión de Emilia de entrar en la Real Academia de la Lengua. ¿Qué será lo próximo?, se preguntaban, literalmente, algunos de ellos. Rica, aristócrata, de una inteligencia sobresaliente y un éxito innegable, el único flanco débil que la escritora ofrecía era su sexo y su aspecto. Yo era así, yo era asá, yo usaba un peinado de otro modo, yo era soberbia, yo era vanidosa… por reprochar, hasta se me reprochaba el gozar de buena salud. escribe en 1912. La inevitable, como la llamaban en algunas caricaturas, alcanzó otros reconocimientos, pero no el ser académica. Todos los logros que he conseguido para el feminismo, dijo en alguna ocasión, lo han sido a nivel individual, y no se beneficiarán de ellos quienes vienen detrás. Fallecida la excepción, aquella escritora que al decir de algunos era en realidad un escritor, casi todo continuó igual, y la propia figura de la Pardo Bazán se domesticó y pulió hasta convertirla en un caso cómodo.

Queda, por lo tanto, una reflexión menos banal, menos arquetípica, sobre la mediocridad y sobre la excelencia, sobre los prejuicios que arrastramos y a quién benefician. La lectura, para muchos nueva, de una autora clásica. Queda avergonzarse ante lo que no ha cambiado en un siglo y sopesar por qué. Y queda siempre lo ella mostró y fue tomado como un desafío: una voz propia, una voluntad indomable.

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