El refugio de la cultura

Hermione Granger
El primer libro de Harry Potter se publicó en 1998 y la primera película se estrenó en 2001.
WARNER

Un sábado del fin del milenio. Soy un adolescente que va en metro al Blockbuster más cercano con un amigo del barrio. Hablamos del disco de Placebo, de un libro para niños que mola un huevo (Harry Potter, claro) y de la peli que vamos a alquilar, La bruja de Blair. Nos flipa tanto que pasamos el domingo en un locutorio buscando en Internet si pasó de verdad.

Un sábado del 2020. Soy un señor con bigote que reescribe un capítulo del libro que mi editor dice que termine de una vez. La peli que más miedo me da es que mi hijo se despierte cuando me planto con su madre delante de la tele por primera vez en toda la semana. Tras media hora eligiendo qué ver en las 800 plataformas a las que estamos suscritos, optamos por una serie que hoy en Twitter es lo más, pero mañana nadie recordará. Después de los créditos me quedo sopa.

En los últimos veinte años ha cambiado mi resistencia al sueño casi tanto como la cultura. El cine no se ve con amigos, nadie quita el precinto a un CD para ver si vienen las letras y las series son sin anuncios. Internet lo ha puesto todo patas arriba, sobre todo al espectador.

Ahora sabemos más porque tenemos acceso a mucho, aunque es poco lo que nos deja flipados. Igual porque con un clic hay otro estreno, o quizás porque la cultura antes era más social. La televisión funcionaba como la chimenea que reunía a la familia, el cine era el planazo del domingo y la música cartas de amor grabadas en cintas. Hoy mucho se ve en pantallas pequeñas en soledad.

A pesar de lo efímero que parece todo en la era digital, hay algo que se mantiene inalterable. Los chavales a los que doy clase siguen sintiéndose especiales escuchando los Smiths, viendo pelis que parece que nadie más conoce y leyendo novelas como si hablara de ellos. Y es que la cultura nunca dejará de ser un refugio.

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