Sergio Ramírez

El escritor nicaragüense y Premio Cervantes Sergio Ramírez.
El escritor nicaragüense y Premio Cervantes Sergio Ramírez.
Emilio Naranjo / EFE

Las dictaduras empiezan de muchas maneras, pero enseguida evolucionan todas del mismo modo. Estos últimos meses estamos asistiendo a la consolidación galopante de la dictadura que Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, están implantando en Nicaragua. Comenzó con las celebraciones de la caída del régimen autoritario y criminal de Anastasio Somoza, desplazado por la alegría de la libertad y el estreno de la democracia que resurgía.

Fue una democracia prometedora, pero fugaz. La encabezaba el líder que había liderado el golpe contra el sátrapa, un joven con ideas revolucionarias que equilibraba políticamente el prometedor Gobierno con un vicepresidente de altura intelectual y seriedad reconocida. Sergio Ramírez aportaba sensatez dentro del país e imagen tranquilizadora fuera. Pero aquella situación tardó poco en mostrarse precaria. La talla de Ramírez inspiraba más envidia que sensatez.

"Era admirado y respetado por los nicaragüenses de todas las clases e ideas: nadie desde Rubén Darío había aportado tanto orgullo cultural a Nicaragua"

Fuera del poder, que abandonó sin estridencias ni resentimientos, Sergio Ramírez recuperó su actividad literaria, sus artículos se publicaban en numerosos países, sus libros empezaban a ponerse al nivel de los grandes clásicos latinoamericanos de la literatura y sus ensayos y novelas se editaban en varios idiomas. Su consagración llegó cuando le fue concedido el premio Cervantes, el más valorado reconocimiento de la literatura en español.

Era admirado y respetado por los nicaragüenses de todas las clases e ideas: nadie desde Rubén Darío había aportado tanto orgullo cultural a Nicaragua. Hasta que el Gobierno de Ortega-Murillo desató las intenciones de perpetuarse en los cargos y comenzó a reprimir las manifestaciones reivindicativas y encarcelar a los que no se sumaban a la coreografía de su ambición. Sergio Ramírez, gran pacifista, se sumó las críticas respetuosas.

Siempre rechazó cualquier violencia. Mantuvo hasta el final su honorabilidad como exvicepresidente del Estado, ajeno a la tensión que se estaba generando, sin dejar de expresar de vez en cuando las discrepancias con lo que está ocurriendo y su dolor ante la vuelta a un pasado que él había combatido y contribuido a liquidar. No hubo comprensión para su equilibrada actitud.

Estos días pasados, el Gobierno ordenó a las fuerzas del orden público detenerle igual que si se tratase de un delincuente. Su último libro fue secuestrado y su difusión prohibida. La propaganda oficial se desató contra él con acusaciones falsas. Por suerte se encontraba en esos momentos en Costa Rica, lo cual le libró de la prisión, pero le mantiene bajo la dura prohibición de poder regresar a su país.

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