Las elecciones más intrincadas

Trump y Biden, en el debate.
Trump y Biden, en el debate.
EFE

Cuando los años pares llegan a estas fechas y se empieza a hablar de las elecciones norteamericanas, tanto si se trata de presidenciales o solo legislativas (intermedias), choca mucho esa expresión de, “el primer martes después del primer lunes de noviembre”. No es una frase hecha ni, menos aún, carente de justificación. Se trata de la determinación de la fecha de elecciones federales en los Estados Unidos establecida en la Constitución de Filadelfia hace más de 250 años. Resulta extraño, sí, que se haya determinado con tan original descripción, pero el paso de los siglos se ha convertido en ejemplo del rigor con que fue redactada aquella Constitución que continúa en vigor.

Pretendían convertir la Constitución Confederal en una Constitución Federal. Se reunieron en la ciudad de Filadelfia (Pensilvania) y, durante cuatro meses –entre mayo y septiembre de 1787–, los representantes de los estados independizados discutieron hasta la saciedad, y a menudo con violencia verbal y física, cómo afrontar y resolver los aspectos que en el futuro, que se quería duradero –como ha sido–, asuntos que pudiesen resultar conflictivos. Aquellas previsiones clarividentes explican dos cosas: la originalidad del entramado constitucional y su perdurabilidad con el correr de los años.

En la elección de fecha, se descartó el domingo porque era el día de los oficios 
y el lunes para no violar el día sagrado

El primer objetivo era establecer garantías de igualdad en el reparto del poder y el equilibrio entre la diversidad de estados. Entonces, no había transportes mecánicos y los desplazamientos tenían que hacerse a caballo o en carretas. La mayoría de los constituyentes eran mayores, algunos murieron por el camino y otros incluso llegaron tarde, cuando ya faltaba solo firmar. En la Constitución se determinaba el proceso electoral, primero con primarias, luego convenciones y ya con los candidatos y las votaciones. En la elección de fecha influyó la distancia de los colegios electorales y la religión. Se descartó el domingo, porque era el día de los oficios, y el lunes, para que los votantes que tenían que desplazarse tuviesen tiempo a llegar sin violar el día sagrado, dedicado a Dios.

La fórmula elegida fue la de elecciones indirectas. Los votantes, inscritos previamente, no ganan o pierden en función de la suma de sus votos (en las anteriores, la derrotada Hillary Clinton obtuvo tres millones de votos más que Trump), sino de los votos que sumen los delegados electorales de los cincuenta estados más los de Puerto Rico –estado asociado– y los de Washington, como Distrito Federal. El objetivo es que los estados más poblados no cuenten con ventaja a la hora de elegir al tándem electoral que integran el presidente y el vicepresidente.

Mucho ojo a los estados más poblados

Cada estado cuenta con un determinado número de los llamados votos electorales cuya suma será la convertida en el Colegio Electoral, reunido en enero en Washington y será el que formalice la elección. En total, el martes Trump y Biden se disputarán 538 votos electorales y ganará el que sume como mínimo 270. La particularidad es que en los estados se vota sobre todo entre los candidatos –participan más de los representantes de los dos partidos tradicionales–, pero sea cual sea el número de sufragios obtenidos, el ganador es el que se lleva todos los votos electorales -compromisarios– del estado.

Sólo dos estados, Nebraska y Maine, se diferencian repartiendo los votos electorales proporcionalmente entre los candidatos. Las diferencias en el número de votos electorales que corresponde a cada estado es abismal. El que más cuenta es California, con 55; seguido de Texas, con 38, y Nueva York y Florida, con 29. Por el contrario, Montana, Delawere, Wayoming, Alaska Vermont, Dakota del Norte y Puerto Rico apenas aportan tres delegados. De ahí que las campañas se concentren en los estados más poblados.

La otra elección

Además de las elecciones presidenciales, el martes también se votan los miembros de la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y un tercio de los gobernadores de los estados, aparte de numerosos cargos locales. Algo que también pasa inadvertido es que en muchos estados concurren a la Presidencia otros candidatos, además de los dos que centran la atención. Se trata de candidatos de otros partidos menores, como el Comunista, a menudo existentes solo en el estado, jefes de organizaciones culturales y sectas religiosas que aspiran a conseguir notoriedad participando en las campañas, figurando en las listas o simplemente para poner en sus tarjetas de visita: “Excandidato a la Presidencia de los EE UU”.

Los votos que obtengan estos candidatos menores u oportunistas apenas cuentan en el cómputo federal, pero si pueden contribuir quitándoselos a los grandes candidatos a la hora de sumar o restar el número necesario para conseguir los votos electorales que, repito, son los que determinan aunque también conviene añadir que se trata siempre de una elección condicionada y anticipada. Los compromisarios no pueden saltarse el voto que tienen delagado.

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