El drama de la emigración

Un grupo de inmigrantes, encaramado a la valla que separa Melilla de Marruecos.
Un grupo de inmigrantes, encaramado a la valla que separa Melilla de Marruecos.
EFE

Emigrar en busca de una vida mejor se ha vuelto la ilusión más dura y dramática de millones de personas, tanto en África como en América Latina. El año pasado 11.153 emigrantes, que estaban empezando a disfrutar del sueño europeo que tanto les costó alcanzar, fueron extraditados de España hacia sus países de origen, en su mayor parte marroquíes, argelinos y subsaharianos. Son el 30% de los 30.890 que viven entre nosotros expuestos en todo momento a que se les aplique una medida semejante.

España es uno de los principales puntos de llegada de emigrantes sin la documentación precisa, pero no es el país donde las deportaciones de los que se arriesgan a entrar por cualquiera de las vías –en patera, saltando la valla de Melilla o Ceuta o por avión sin el visado o permiso necesario– son más drásticas. La media europea de deportaciones es del 36%. Es triste, pero la capacidad de acogida y las leyes imponen medidas de esta naturaleza, de apariencia insolidaria, que culminan los peligros y peripecias que han pasado para llegar a la que consideran tierra prometida.

El deseo de emigrar a otros lugares con mejores perspectivas de futuro es lógico y comprensible. La televisión que llega a todas partes muestra el derroche que estimula la conciencia de unas diferencias abismales. Es comprensible. Carentes de información de lo que arriesgan, empezando por sus vidas, y de conocimiento de la realidad que van a encontrarse, muchos lo intentan asumiendo riesgos que culminarán en el mejor de los casos en la difícil búsqueda de un techo y un trabajo ingrato que les permita sobrevivir. La pobreza les sigue esperando también en la Europa rica con la ilusión empañada siempre por el temor a la deportación.

"Muchos lo intentan asumiendo riesgos que culminarán, en el mejor de los casos, en la difícil búsqueda de un techo"

Venir a Europa supone una penosa odisea: largas travesías por el desierto, tener que vagar por los alrededores del monte Gurugú de Marruecos en espera de poder saltar la valla con la agravante de que, si salen ilesos del intento, probablemente serán detenidos y a menudo devueltos en caliente al punto de partida. Un futuro incierto que nunca se despeja y, para más inri, expuesto a la vergüenza del fracaso que supone volver a sus casas sin poder devolver el crédito para pagar a las mafias que se aprovechan sin el menor escrúpulo.

Todo sin contar la parte más dramática de la experiencia: los centenares de personas que mueren ahogadas entre el oleaje del Mediterráneo, convertido en un cementerio de cadáveres sin nombre ni familiares que sepan cuál ha sido su suerte. Es el drama de intentar vivir mejor, un derecho que nos incluye a todos pero excluye a muchos que sueñan con conseguirlo también algún día.

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