Debo decir

Firma invitada  FERNANDO DE YARZA LÓPEZ-MADRAZO
  • Fernando de Yarza López-Madrazo es presidente de HENNEO.
Juan Carlos I firma ante las Cortes Generales la Constitución.
Juan Carlos I firma ante las Cortes Generales la Constitución.
EFE

Debo decir que estos son días tristes. Uso esa expresión, "debo decir", deliberadamente: era uno de los latiguillos, de las frases hechas que usaba con mucha frecuencia don Juan de Borbón y Battenberg, abuelo del actual Rey Felipe VI y padre de Don Juan Carlos I. Con el «debo decir» solía comenzar sus intervenciones quien fue, para muchos españoles, Don Juan III, sobre todo en charlas privadas con sus amigos y consejeros. Y con esta cita, para mí entrañable, dejo claro también algo de lo que estoy muy orgulloso: mi familia ha mantenido, desde hace generaciones, una lealtad tan sólida como reflexiva hacia la institución de la Corona, pieza esencial de nuestra arquitectura constitucional que los españoles votaron mayoritariamente en el referéndum de 1978.

Pero debo decir que la tristeza de estos días no nace solamente de la posición política de mi familia durante muchas décadas. Ahora que el que muchos han dado en llamar Rey ‘emérito’ ha decidido alejarse temporalmente del territorio español, con la sola y expresa voluntad de no perjudicar ni a la institución monárquica ni a su propio hijo, Felipe VI, estamos asistiendo al lamentable espectáculo –tan español, por otra parte– de la deslealtad. De la desmemoria. De la ignorancia. Y del miedo al qué dirán.

Hay algo incontestable: Don Juan Carlos ha trasladado temporalmente su residencia fuera de España porque ha querido. Afinando un poco más, quizá porque así lo han acordado él y su hijo. Pero nadie le persigue. No hay causa alguna abierta contra su persona en los Tribunales de ningún país. No está escapando de nada ni de nadie, no es un prófugo. La Justicia, al menos la legalmente establecida, no tiene nada contra él.

Ahora bien: es para preguntarse si esa Justicia, la que se fundamenta en la Ley, es la única que funciona ahora mismo en España. Yo creo que no. Creo que hay otra ‘justicia’, esta entrecomillada, que no tiene jueces, sino instigadores; que no tiene leyes, sino estrategias, y que no tiene Tribunales, sino picotas públicas. Es una repugnante ‘justicia’ que funciona a golpe de tuits, de rumores rápida y hábilmente difundidos en las redes sociales y también en algunos medios de comunicación que son más bien instrumentos de propaganda y manipulación. Una ‘justicia’ que no ofrece ninguna garantía, ni respeto por la ley ni limpieza de funcionamiento.

Esa ‘justicia’, construida únicamente sobre el ruido público, se basa, como he dicho, en la deslealtad, en la desmemoria, en la ignorancia y en el miedo a los que más gritan. Para estos, la única presunción de inocencia que cuenta es la suya, la que les atañe a ellos; en ningún caso la que la verdadera Justicia debe a los demás, a todos los ciudadanos. Incluido quien fue Rey de España durante cuatro décadas. Esa presunción de inocencia es, para los demagogos profesionales, nada más que una molestia.

Si Don Juan Carlos hubiera delinquido, es evidente que la Justicia –la de verdad, la misma que hay que defender de interesados ataques que buscan su menoscabo– dispondría a su respecto las medidas que la Ley tenga previstas. Él mismo lo dijo hace unas pocas nochebuenas: la Justicia es igual para todos. Pero mientras no lo haga, mientras los Tribunales no abran una causa fundamentada, en mi ánimo no tienen el menor peso las voces y los denuestos de esos autoconstituidos y ruidosos ‘tribunales populares’, que siempre son antesala, cuando no síntoma, de las tiranías. En mi ánimo pesa mucho más la lealtad hacia una institución que está en la misma génesis de la historia de España. Y hacia una persona –Don Juan Carlos– que, a la cabeza de esa institución, propició para nuestra nación la época de mayor prosperidad y concordia que hemos vivido en quinientos años.

Acaso tema el Rey padre ser recordado "como el de Corinna y el maletín". Pues no. Yo no, al menos. Y estoy seguro de que seremos muchos los que no olvidaremos cuanto hemos visto durante décadas. Yo reconozco a aquel joven de apenas treinta años que se jugó literalmente la vida para desmontar el avejentado pero aún formidable armazón de la dictadura franquista, con ayuda de muy pocos y en muy poco tiempo. Yo recuerdo al joven Rey que se empeñó en traer a España una democracia avanzada como la que hoy tenemos; imperfecta, como todas, pero democracia. Yo recuerdo a aquel hombre que no dudó un instante cuando se despojó a sí mismo de los poderes que le había otorgado la dictadura y firmó la primera Constitución, en toda la historia de España, que no está construida por unos para vencer a otros, sino de todos y para todos. Yo recuerdo a aquel hombre sereno y ojeroso que paró en seco un golpe de Estado. Yo recuerdo al hombre tranquilo que contempló con una sonrisa cómo nuestra nación firmaba, en el Palacio Real, su ingreso en la gran familia europea. Recuerdo al hijo que no pudo contener las lágrimas en el entierro de su padre, Don Juan, que fue quien le marcó el camino por el que había de seguir. Recuerdo, en fin, cuatro décadas de las que nuestra nación tiene más que sobrados motivos para sentirse orgullosa y que arrancó con un valiente proceso de Transición, tomado como ejemplo internacional, que sentó las bases de la convivencia y el reencuentro de los españoles.

Y debo decir –una vez más– que recuerdo todo eso porque es bueno tener memoria y experiencia, porque no me dan miedo los griteríos prefabricados y, esto sobre todo, porque tengo lealtad. Hacia la institución y hacia quien la ha encarnado durante todo este largo tiempo en que, como suele decirse ahora con la pandemia, "éramos felices pero no lo sabíamos". Y, desde luego, también hacia quien hoy la encarna, Felipe VI.

Mientras la Justicia (la de verdad) no sentencie firmemente otra cosa, Don Juan Carlos de Borbón seguirá siendo para mí lo que fue siempre: el Rey que forjó la mejor España que ha existido nunca.

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