Cuando dos y dos no son cuatro

Encarna Samitier  Directora de '20minutos'OPINIÓN
Sánchez tras la declaración institucional para explicar los pormenores de la decisión de aprobar los indultos.
Sánchez tras la declaración institucional para explicar los pormenores de la decisión de aprobar los indultos.
EFE/Emilio Naranjo

En la entrega de los Premios Salvador de Madariaga de Periodismo, Rafa Latorre, galardonado junto a Carmen Vela y José Ramón Patterson, recordó a Orwell en ‘1984’ para explicar en qué debe consistir la labor del periodista: "La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro".

A Winston, el protagonista de la novela, su interrogador le muestra cuatro dedos y trata de convencerle de que en realidad son cinco. "Tienes que esforzarte más", le insiste.

Algo así ocurre muchas veces en la vida y en la política. El Consejo de Ministros aprobó ayer los indultos -condicionados a que los beneficiados no vuelvan a vulnerar la ley- para Oriol Junqueras y los otros ocho políticos condenados por sedición y malversación. El presidente Sánchez argumenta que son el camino para abrir una nueva etapa de concordia en Cataluña y se muestra convencido de que los líderes independentistas no volverán a infringir la legalidad democrática para llevar a la práctica sus aspiraciones.

Al 58% de los españoles, según la encuesta DYM para HENNEO no les sale tan fácilmente el resultado y son contrarios a los indultos. Un 53% cree que el presidente ha cambiado radicalmente su opinión porque necesita a ERC, el partido de Junqueras, para la estabilidad de su Gobierno. La actitud de los indultados no ayuda a que las cuentas cuadren. No han hecho un gesto público de repudio hacia unos actos que quebrantaron la ley y la convivencia. Pero el portavoz de UP, socio de Sánchez en el Gobierno, les ha pedido perdón por el retraso en concederles una medida de gracia que él considera de justicia.

El indulto, con amplio apoyo en Cataluña, es una apuesta de Sánchez muy arriesgada, contra la opinión de la Fiscalía y del Tribunal Supremo y, hasta hace muy poco, la suya propia. Y no va a tener efectos mágicos. Al contrario, se abre un camino muy complicado en el que las grandes palabras habrán de concretarse en acuerdos que no vulneren los derechos del conjunto de los ciudadanos.

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