El cohete chino y los resultados de Madrid

Encarna Samitier  Directora de '20minutos'OPINIÓN
  • Los socialistas están actuando hasta el momento como esos personajes de tragedia griega a quienes los dioses ciegan cuando los quieren confundir.
El líder del PP, Pablo Casado, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
El líder del PP, Pablo Casado, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
EFE

Hace dos meses, la probabilidad de que el PP pensara en volver a La Moncloa parecía menor que la caída del descontrolado cohete chino esta madrugada en territorio terrestre habitado. Así lo auguró en una de sus intervenciones parlamentarias Pablo Iglesias, pero es el líder de Unidas Podemos el que hoy está fuera de la política. Las posibilidades del PP para consolidarse como una alternativa de gobierno a Pedro Sánchez han variado sustancialmente. Pero sería tan aventurado certificar un vuelco político exprés como decretar un cierre perimetral para el triunfo de Isabel Díaz Ayuso en Madrid.

Las victorias sientan bien, como confirma el subidón de autoestima del PP tras los resultados de martes pasado. Los populares, no obstante, han esquivado el triunfalismo al subrayar que buena parte de sus votos son 'prestados', no solo por la sangría sufrido por Ciudadanos, sino también del propio PSOE. Esta evidencia obliga, por una parte, a la prudencia, porque los apoyos coyunturales y volátiles pueden esfumarse si no se les retiene; por otra, suponen para un partido la constatación de que ha sido capaz de ampliar su base electoral y captar a simpatizantes de otras formaciones, la fórmula básica para aspirar a gobernar.

La derrota, sin embargo, es difícil de digerir. Los socialistas están actuando hasta el momento como esos personajes de tragedia griega a quienes los dioses ciegan cuando los quieren confundir. La teoría de que la mayoría de votantes de Madrid ha ido a la urna en estado de atolondramiento, en respuesta a un puñado de estímulos primarios, el viejo pan y circo convertido en cañas y tapas, es un síntoma de que sus líderes se están enquistando en una fase de negación que debe superarse siempre lo antes posible. La renuncia de Pablo Iglesias obliga a Unidas Podemos a un cambio de liderazgo nada asambleario. Y contrasta con el empeño socialista en 'regionalizar' una crisis endémica ahora tan agudizada que Más Madrid les ha superado.

Un extraño mecanismo ha llevado a los estrategas del PSOE a relacionar los berberechos con el resultado de las urnas, orillando el impacto y la gestión de la pandemia, las propuestas fiscales o el rechazo a las alianzas gubernamentales. Pero no es algo nuevo. Responder con simplificaciones a problemas complejos es un esquema que se repite, y no suele llevar muy lejos. Un ejemplo contundente es el que enfrentó a sucesivos gobiernos del PSOE, primero, y el PP, después, con el rechazo social que suscitaba en Aragón el proyecto (nunca realizado) del trasvase del Ebro. Desde los despachos de la Moncloa, se presentó a los aragoneses, en su conjunto, como victimistas insolidarios. Los berberechos, en ese caso, tomaron forma de un baturro aferrado a un botijo. La realidad, como siempre pasa, era mucho más complicada. En el fondo de la oposición a esa política hidráulica había una amalgama de motivos, desde la convicción de que se trataba de un proyecto medioambientalmente insostenible, que Bruselas nunca admitiría, a los agravios de los regantes que habían visto incumplidas las promesas para sus planes.

Ahora, no debería ser tan difícil intentar comprender lo que han dictado las urnas. Y reaccionar con autocrítica y respuestas más cercanas al estado de ánimo, el malestar, las aspiraciones y preocupaciones de una mayoría de votantes. En este caso han sido madrileños, pero podrían adoptar, con más probabilidades de que caiga el cohete chino en una zona terrestre habitada, diversas variantes, en otros lugares del país.

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