Paralizados

Harta estoy de ver a esa Cataluña que nos enseñan a todas horas en la televisión, en la radio, en los periódicos de papel o digitales... De que no se hable de otra cosa aunque estemos en época de elecciones... o quizá sea por eso. De que el Tsunami Democràtic lo haya inundado todo y no haya dejado hueco para que nos enteremos de otras muchas cosas que nos afectan.

¡Quins collons!, que decía Torra ayer porque Pedro Sánchez no le coge el teléfono. Pues sí, ¡quins collons! —suena mejor en catalán que en castellano—, porque estamos como paralizados ante el televisor.

Sí, entiendo que es muy grave lo que está pasando, que la sentencia ha sido una exageración, que la violencia ha barrido a la política –si es que alguna vez los políticos que se encargan de la cosa han querido entenderse– y que hay un descontento general a los dos lados de la línea que separa a los independentistas de quienes no lo son, al que habría que aplicarle como bálsamo política, pero no es el problema único, aunque pretendan que lo parezca.

Problema es la situación de las pensiones y los tira y afloja del Gobierno –este y los anteriores, que no acaban de comprometerse a una solución estable–. Problema es que dos columnas de pensionistas que partieron a pie hacia Madrid desde Rota y Bilbao llegaran a la capital y que no se les hiciera ni caso. Tiene bemoles. 

Ni caso a una gente que lucha por un sistema justo de pensiones, también para sus hijos y nietos, que son los que vienen detrás. Problema es que la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, diga ahora que el PSOE no incluye la subida del IRPF a las rentas altasen su programa porque se trataba de una propuesta de Podemos o que lo de subir el salario mínimo a 1.000 euros no va a ser ya para 2020, sino para 2024.

Problema es que la ministra de Educación, Isabel Celaá, minimice el ascenso del fascismo señalando lo lamentable que es «que las algaradas independentistas hayan suscitado la génesis de la violencia de ultraderecha», o que se le esté lavando la cara en la televisión pública a Vox, porque según su administradora única, Rosa María Mateo, «es ya un partido suficientemente conocido» como para añadirle apelativos.

Problema es que diez millones de personas estén bajo el umbral de la pobreza en España, según datos de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza, o que lo de derogar las reformas laborales que han conducido a tantos a la precariedad ya no esté en las agendas. 

Y así podría seguir con un montón de ejemplos, pero se me acaba el espacio. Lo que sí envidio de los independentistas es su capacidad de movilización pacífica en las calles. Ya podíamos hacer lo mismo en estos tiempos de zozobra, pero para qué, si ya lo vemos por televisión desde nuestro confortable sillón

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