La ventana indiscreta nos da alas

César Javier Palacios  Solitarios rodeados de gentePeriodista
El papa Francisco saluda desde su ventana.
El papa Francisco saluda desde su ventana.
EFE

En estos días de zozobra y aislamiento no te olvides de la ventana. Deja que entre en casa la brisa fresca de la mañana, disfruta de esos olores y sobre todo de esos sonidos que la ruidosa ciudad nos había arrebatado: el murmullo de las ramas de los árboles mecidas por el viento, el canto del mirlo, los silbidos del estornino o el zureo de la paloma torcaz. 

Las aves no contagian el virus, así que deja comida para ellas en el balcón o el alféizar de la ventana y disfruta espiándolas.

Aprovecha esa ventana indiscreta para abrir tu curiosidad al asombroso mundo que nos rodea, para identificar en el cielo pájaros e incluso diferentes tipos de nubes, pero también, por qué no, para hacer ejercicios de sociología activa contemplando el quehacer de nuestros vecinos. No se trata de convertirnos en las viejas del visillo, pero reconoce que eso de mirar sin ser vistos tiene mucho de entretenimiento social.

Mi tía Rafa era una experta en ello. Se pasaba horas observando a la gente desde el mirador de casa, siguiendo a unos y a otros en su deambular diario. Lo hacía sin mala fe, gastando horas frente a la ventana como si estuviese frente al televisor, pura curiosidad natural.

Porque todos los animales, pensantes o no, somos curiosos por naturaleza. Las cigüeñas en su nido o los buitres en el suyo lo hacen permanentemente, no tanto para evitar posibles peligros como para entretenerse en la contemplación de su entorno ¿Para qué, si no, el águila real sigue curiosa el vuelo de una mariposa? Porque lo hace, yo lo he visto. 

Es pura curiosidad, esa virtud que nos ha permitido a los humanos desarrollar una ciencia sorprendente, capaz de luchar y vencer a cualquier coronavirus que se nos ponga por delante.

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