Teletrabajar desde la España vaciada

Imagen de recurso de teletrabajo
Un joven, teletrabajando desde su casa.
JORGE ALIÓ

Mucha gente anduvo lista. No querían pasarse un segundo confinamiento en ese pequeño apartamento en medio de la gran ciudad. Algunos han hecho las maletas y se han mudado a una localidad más pequeña, más humana, ¡y con jardín! Los verdaderamente audaces se han ido directamente al pueblo; al de sus ancestros o aquel que conocieron hace años en una excursión y del que quedaron rendidamente enamorados.

La España vaciada se está llenando con teletrabajadores de la España ‘amontonada’. Algunos son amigos y me cuentan maravillas. Desde la ventana escuchan a los gallos y ven el sol esconderse por detrás del horizonte. Por las noches, los cielos se cubren con estrellas de las que desconocían su existencia y duermen como lirones, sin ruidos ni sobresaltos.

Tanto hablar de recuperar los pueblos 
y nadie ha tenido en cuenta que los que viven allí están divinamente sin forasteros

No todo son ventajas, claro está. El maldito internet, por ejemplo. Falla más que una escopeta de feria. O el acopio de alimentos, una escasa oferta a precios altos para la que no están acostumbrados. Por no hablar del follón que ha supuesto cambiar a los niños de colegio o lo lejos que ahora les pilla el hospital, ojalá no lo necesiten. Tampoco es fácil hacer amigos en el nuevo sitio. Tanto hablar de recuperar los pueblos y parece que nadie ha tenido en cuenta que muchos de los que vivían en ellos estaban divinamente sin entrometidos forasteros bisoños con demasiadas exigencias de urbanitas.

Pero, haciendo balance, merece la pena. Sobre todo, cuando pones la tele y ves todas esas malas noticias respecto a la nueva ola de enfermedad, muerte y desasosiego, centros comerciales atiborrados de incautos aburridos, atascos, estrés, contaminación, suciedad. Y te ves seguro en tu pequeña fortaleza rural, sabiendo que el futuro pertenece a los valientes.

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