No somos ranas hervidas

Lytton, la población de Columbia que hace dos días pasó a la historia de Canadá por registrar 49,6 grados, ya no existe. Los fuegos han engullido gran parte de la villa. Sus habitantes han tenido que ser desalojado de urgencia, muchos incluso sin sus pertenencias.
Lytton, la población de Columbia que hace dos días pasó a la historia de Canadá por registrar 49,6 grados, ya no existe. Los fuegos han engullido gran parte de la villa.

La reciente portada del periódico francés Libération ponía los pelos de punta. Era un sol rojo abrasador sobre un titular demoledor: Canadá, 49,6 ºC. Asustado por esos infiernos en zonas tradicionalmente templadas, a través de Twitter propuse una porra. ¿Qué temperatura anunciará el próximo récord español? Nuestra marca nacional está en los 47,3 ºC de Montoro (Córdoba) registrados en julio de 2017. 

Que superaremos pronto, pues como señalan los expertos, se espera que la crisis climática aumente la frecuencia de este tipo de eventos extremos. ¿Pero no estábamos luchando contra el cambio climático? ¿Tanto hablar de sostenibilidad y no sirve para nada? Sirve para no ir catastróficamente a peor, pero no para evitar lo inevitable. 

En primer lugar, porque estamos haciendo entre muy poco y nada para evitarlo. Y en segundo lugar, porque aun modificando radicalmente nuestras vidas y descarbonizando la economía se tardarán décadas en empezar a ver resultados. Sin embargo, los únicos cambios que aceptamos son siempre a mejor, nadie está dispuesto a sacrificarse, a perder calidad de vida o ganar menos dinero por garantizar un futuro menos gris a las próximas generaciones. El que venga detrás que arree.

Nuestra sociedad sufre el síndrome de la rana hervida. Ya sabes. Si echas repentinamente un batracio dentro de un recipiente de agua hirviendo, escapará dando un brinco, pero si la rana se pone en agua tibia que luego se lleva a ebullición lentamente no percibirá el peligro y se cocerá hasta la muerte.

Nosotros no somos ranas ¿verdad? En lugar de cocernos somos capaces de bajar el fuego apostando por una transición real que, aunque nos suponga sacrificios, nos permitirá seguir cantando en la charca.

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