La vacuna, derecho, no obligación

Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'OPINIÓN
Ciudadanos madrileños hacen cola en el Wizink Center para recibir la vacuna de la covid-19.
Ciudadanos hacen cola en el Wizink Center para recibir la vacuna de la Covid-19.
Jorge París 

Me dolió la cabeza. Fue una de esas molestias que presiona los parietales como una bola de plomo. También tuve algo de febrícula y esa sensación de cansancio que te arrumba cuando incubas una gripe. Ocurrió tal y como dijo que podría suceder la enfermera jubilada que me inoculó esta semana la "temida" vacuna de AstraZeneca. "Si quiere no se la pongo", me contestó amablemente cuando le pregunté la marca del vial que se disponía a inyectarme. Tuve la impresión de que estaba muy habituada a que se lo preguntaran y que su respuesta era tan aprendida y mecánica como la advertencia sobre los posibles efectos secundarios de la vacuna.

Eran las doce del mediodía y el vacunódromo del Palacio de los Deportes de Madrid, al que hace años le bautizaron en inglés para pillar un patrocinio, parecía tan concurrido como una noche de concierto. Todo muy controlado y sistematizado para pinchar vacunas como churros. En los treinta minutos que estuve por allí no escuché una sola queja ni expresión de duda alguna sobre la conveniencia de ponerse la vacuna o su procedencia, más bien todo lo contrario, la gente la recibía como un regalo de la ciencia para conjurar el miedo y escapar de la pesadilla que nos atenaza desde hace más de un año.

"Las vacunas contra la Covid-19 constituyen un éxito científico inconmensurable que ya está salvando vidas de manera masiva"

Siempre me parecieron discutibles aquellas encuestas de meses atrás que reflejaban porcentajes de rechazo a la vacuna por encima del 30 y hasta el 40% de la población. Expresé entonces mi convicción de que cuando llegaran las vacunas la gran mayoría de la gente lo aceptaría como una liberación, y que serían casi anecdóticos los casos de rechazo. Así está ocurriendo, la ciudadanía recibe con satisfacción la cita de los centros de vacunación y acude a ellos disciplinadamente sin poner objeción alguna. Por supuesto que hay excepciones, pero el negacionismo de la vacuna registra deserciones generalizadas y solo cuatro ridículos se mantienen en sus trece con argumentos patéticos.

Las vacunas contra la Covid-19 constituyen un éxito científico inconmensurable que ya está salvando vidas de manera masiva. Los primeros estudios en segmentos de la población ya vacunados reflejan una protección absoluta frente al virus y el desplome de la mortalidad. El caso más evidente son las residencias de ancianos, que fueron las primeras en la inoculación y que han pasado de ser la zona cero de la pandemia, con una mortalidad devastadora, a no sufrir un solo caso de Covid.

El mismo efecto positivo se advierte ya estadísticamente en los profesionales sanitarios y grupos etarios que fueron inoculados con carácter prioritario, tanto es así que se está comprobando una notable caída en la media de edad de los ingresados en UCI que los expertos atribuyen a la vacunación de los más mayores. Hay en este sentido cálculos esperanzadores a muy corto plazo. La llegada de viales de distintas farmacéuticas está permitiendo un ritmo de inoculación que se aproxima al medio millón de pinchazos al día. Habida cuenta de la demostrada eficacia de la primera dosis, los mayores de 60 habrán alcanzado en solo un mes un nivel de inoculación tan alto que su incidencia en la enfermedad será mínima. A tenor de lo acontecido hasta ahora, la protección de ese grupo de edad conjurará el 95% de los posibles casos de mortalidad en España. Hay además estudios que aseguran que la inmunidad podría alcanzarse con solo el 50% de la población vacunada, aunque siga siendo deseable llegar al 70%.

La realidad se ha impuesto a los histéricos recelos con las vacunas. Ahora, la gente las percibe como un derecho por el que clama, no como una obligación.

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