Malditos madrileños

Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'OPINIÓN
Terraza del restaurante La Buhá en el distrito de La Latina en Madrid
Terraza del restaurante La Buhá en el distrito de La Latina en Madrid
RRF

Veinte años anduve buceando en el alma de Madrid. Dos décadas cubriendo la información de una Comunidad compleja y diferente a cualquier otra del mosaico nacional. De aquella larga inmersión obtuve ciertas percepciones cuya vigencia, de alguna forma, explica lo ocurrido en las urnas el pasado 4 de mayo. Una, entiendo que medular, es que la ausencia de elementos identitarios constituye en sí misma una poderosa seña de identidad de los madrileños.

El que una inmensa mayoría de los ciudadanos de esta región procedan de otras comunidades o países y encuentren un Madrid abierto desde el primer día sin que nadie pregunte de dónde vienen ni les mire como extraños es una virtud que, en términos políticos, nunca se supo poner en valor. Por el contrario, los ciudadanos de esta Comunidad se han visto sometidos a un machaque constante de quienes, identificando al Gobierno central con Madrid, les atribuían la responsabilidad de todos sus males. La bastardía identitaria de los madrileños les hacía sentirse hijos de un Dios menor y víctimas propiciatorias de un pim, pam, pum que les convertía en malditos.

"La bastardía identitaria de los madrileños les hacía sentirse hijos de un Dios menor"

Siempre pensé que quien supiera tocar la tecla del orgullo de pertenecer a la Comunidad de Madrid sin ambages ni complejos, quien practicara una suerte de nacionalismo madrileño paradójicamente antinacionalista, seduciría a su electorado. Esta es la fibra que ha sabido tensar Isabel Díaz Ayuso y la que ha contribuido a su triunfo arrollador en estas elecciones, al extremo de ganar en todos y cada uno de los distritos de la capital y en la práctica totalidad de sus municipios. Ayuso, asesorada en todo momento por su jefe de Gabinete, un auténtico tiranosaurio rex de la mercadotecnia política, lanzó unas cuantas consignas simples pero eficaces dirigidas a ese universo emocional de la ciudadanía, agitando la idea de que peligraba su libertad, la integridad de su bolsillo y su forma de vivir.

Mensajes que buscaron el viento a favor de la fatiga social causada por la pandemia y los errores en la gestión de la misma. El Madrid de la caña y la hostelería a tumba abierta, ese Madrid tabernario al que se refería Félix Tezanos en un artículo tan torpe como inoportuno para su partido, era la metáfora perfecta para rentabilizar el ansia trasversal de la gente por recuperar su vida, sometida desde hace más de un año a los rigores del virus. Cañas se beben en toda España, y en muchos lugares bastante más que en Madrid; sin embargo, hoy aparece como la capital europea de la cerveza. Nunca su espuma ocupó un lugar tan relevante en la política de un país.

"Cañas se beben en toda España, y en muchos lugares bastante más que en Madrid; sin embargo, hoy aparece como la capital europea de la cerveza"

Cuando hace dos años Pablo Casado designó a Isabel Díaz Ayuso candidata del PP a las elecciones autonómicas justificó el nombramiento por la necesidad de inyectar savia nueva que regenerara un partido que acumulaba imputaciones. Era el borrón y cuenta nueva del PP en Madrid para salir de la fosa séptica en que lo convirtieron una pléyade de corruptos. Casado destacó entonces el atrevimiento y la capacidad de Ayuso "para hablar sin complejos", nunca imaginando que pudiera eclipsarle. Con ella se cometió el mismo error que con Esperanza Aguirre, a la que al principio tampoco tomaron en serio. Isabel Díaz Ayuso ha crecido en la Puerta del Sol y está muy lejos de ser la misma a la que parecía venirle grande la Casa de Correos.

La errática campaña del PSOE, a cuyo candidato no dejaron ser él mismo, y la irrupción de Pablo Iglesias, que movilizó más a favor de la derecha que en su contra, prestaron un apoyo impagable a la candidata del PP hasta convertirla en la estrella rutilante de su partido. Los malditos madrileños con su voto hicieron el resto.

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