La gasolina de Trump

Carmelo Encinas  Director de Opinión de '20minutos'
El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Casa Blanca.
El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Casa Blanca.
SARAH SILBIGER / EFE

Faltan dos meses. El 3 de noviembre, los norteamericanos están convocados a las urnas para elegir al político más poderoso del planeta. Muchos no votarán, la experiencia constata que la participación en los comicios presidenciales suele estar por debajo del 60%, un alto nivel de abstención que no se corresponde con la trascendencia del resultado.

Tanto es así que parecería justo y hasta democrático que en esas elecciones de alguna forma pudiéramos participar los ciudadanos de los países occidentales, supuestos aliados de Estados Unidos y a los que nos afecta muy directamente esa elección. Digo lo de "supuestos" porque desde que Donald Trump accedió al Despacho Oval, los gestos e iniciativas de Washington han sido más propias de un rival que de un amigo.

"Son pocas las cancillerías donde no deseen perder de vista al presidente que más empeño ha puesto en desestabilizar el mundo"

Para Europa en general y España en particular, la gestión de Trump no ha podido resultar más nefasta sin que su proceder les haya reportado a los norteamericanos algún beneficio apreciable que justifique el brutal deterioro causado en la relación. Con la notable excepción de las dictaduras y democracias de baja calidad –a las que retroalimenta el populismo trumpista–, son pocas las cancillerías donde no deseen perder de vista al presidente de USA que más empeño ha puesto en desestabilizar el mundo y envenenar las relaciones internacionales.

En estos cuatro años de mandato, Trump ha batido todos los récords de generación de conflictos sin que su política convulsa, sus provocaciones y fanfarronadas arrojen resultados positivos conocidos ni para su país ni para nadie. Siempre tiene un problema para cada solución y resulta evidente que tras su paso por la Casa Blanca el mundo está peor que cuando él llegó.

"Lo más terrible es que el concepto de campaña tóxica e incendiaria le esté funcionado en los sondeos"

A nivel interno, su desastrosa gestión de la pandemia –con actitudes infantiloides y grotescas impropias de un estadista– logró que Joe Biden, sin apenas hacer campaña, le sacara hasta 14 puntos de ventaja en las encuestas. Todo apuntaba a que no habría reelección y la pesadilla acabaría. Esa diferencia, sin embargo, se ha reducido a la mitad a causa de las protestas antirracistas suscitadas por los últimos episodios de brutalidad policial. Manifestaciones convocadas por colectivos pacíficos al término de las cuales son reventadas por grupos minoritarios que protagonizan saqueos, disturbios y enfrentamientos con las fuerzas del orden, lo que Trump atribuye a los alcaldes y gobernadores demócratas.

Su estrategia de campaña es avivar ese fuego de la confrontación y para ello no ha dudado en incitar a los radicales de extrema derecha que provocan a los manifestantes y atizan el caos del que después culpa a Biden. En su peligrosa deriva, el trumpismo y su impúdico vocero de la FOX han llegado a justificar al joven de 17 años que, rifle en mano, mató a dos personas en las manifestaciones de Kenosha (Wisconsin), la ciudad donde un policía le pegó siete tiros por la espalda a un afroamericano desarmado.

Lo más terrible es que este concepto de campaña tóxica e incendiaria para empuñar el lema nixoniano de la ley y el orden le esté funcionado en los sondeos, obligando al candidato demócrata a recordarle que es él quien preside el país al que rocía de gasolina. A Trump todo le vale.

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