Fuera coches del Prado

Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'OPINIÓN
Madrileños en el paseo del Prado.
Madrileños en el paseo del Prado.
Jorge París

Había tortas por salir en la foto. Todos querían rascar de la declaración de la Unesco del eje Prado-Retiro como Patrimonio Mundial. El mérito en realidad está muy repartido y el demérito también, porque en esa foto ni eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran. Lo justo es reconocer que la primera iniciativa partió de Ana Botella en 2014 siendo alcaldesa de Madrid y, aunque el respaldo de las instituciones de distintos colores siempre fue unánime, es igualmente justo destacar el empuje que le dieron a la idea Manuela Carmena desde el Ayuntamiento en la etapa anterior y Cristina Cifuentes mientras estuvo al frente del Gobierno regional.

Esa declaración es una magnífica noticia para Madrid que no debería quedarse en la autocomplacencia sin asumir la responsabilidad y el compromiso firme sobre el tratamiento que ha de darse al espacio urbano bendecido por la Unesco. Una primera y obligada reflexión que ha de hacerse es por qué Madrid era la única capital europea que carecía de un espacio con el título de Patrimonio Mundial y, sobre todo, por qué costó tanto esfuerzo defender la candidatura de un enclave tan histórico y culturalmente grandioso como el del eje Prado-Retiro.

"Esa milla única y prodigiosa que atrae visitantes de todo el planeta tiene sus árboles centenarios con las hojas cubiertas de hollín"

Es verdad que hubo dificultades en mantener al Parque del Retiro en la ecuación al no encontrar la Comisión evaluadora justificación histórica que lo emparentara con el Paseo del Prado, algo que argumentó bien el director general de Patrimonio Cultural del Ayuntamiento, Luis Lafuente, y que verbalizó con entusiasmo en su alegato el embajador de España ante la Unesco, Andrés Perelló, manejando además los hilos diplomáticos. Pero lo que pesaba como el plomo desde el principio, hasta el punto de situarla al borde del fracaso, fue el tráfico y la contaminación que ahogan la zona a proteger.

Por ese llamado Paisaje de la luz, cuyos orígenes se remontan a la alameda que en 1565 fue referente en toda Europa y donde hoy encuentran acomodo seis museos y numerosos edificios emblemáticos de Madrid, pasan diariamente 60.000 coches con todo el humo y el ruido que ello comporta. Esa milla única y prodigiosa que atrae visitantes de todo el planeta tiene sus árboles centenarios con las hojas cubiertas de hollín.

Ha habido proyectos, polémicas y mucho vocerío sobre qué hacer o no hacer con el Paseo para librarle de tan brutal intensidad circulatoria y darle todo el lustre que su majestuosidad merece, pero siempre hubo más ruido que nueces. Muy sonado fue el pulso que libraron en 2011 Alberto Ruiz Gallardón como alcalde y Esperanza Aguirre siendo presidenta regional por imponer sus respectivas propuestas. Mientras Gallardón proponía una limitación severa del tráfico de Atocha a Cibeles, Aguirre defendía la construcción de un túnel de compleja y onerosa ejecución. Al final, todo quedó en nada. Cómo no recordar después a la baronesa Thyssen encadenada a los árboles frente a su museo en aquella exótica protesta en que se mimetizó con los ecologistas.

Algún retoque se ha hecho para sacar del deterioro galopante que sufría el Paseo y hay planes y proyectos ambiciosos, como aquel del portugués Álvaro Siza, que concibió un gran salón peatonal desde Cibeles a la estación de Atocha. Lo grande, sin embargo, está por hacer. El alcalde Martínez Almeida ha organizado para octubre un Festival de la Luz que iluminará todos los monumentos del nuevo espacio Patrimonio Mundial. Será, sin duda, espectacular, aunque lo sería aún más si anunciara su determinación de librar de los coches al lugar más emblemático de Madrid.

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