Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'

La estrella del belén

Una representación artística del telescopio James Webb completamente desplegado en el espacio.
Una representación artística del telescopio James Webb completamente desplegado en el espacio.
NASA

No hay belén sin su estrella. Suele colocarse justo encima del portal como si una de esas Perseidas fugaces de agosto se hubiera plantado encima del establo donde nació Jesús. Tampoco les falta la estrella a los árboles de Navidad y este año, la más grande y luminosa, fue plantada en lo alto de la Sagrada Familia de Gaudí. En realidad, solo el Evangelio de San Mateo menciona la existencia de un "cuerpo astral", sin especificar si era estrella, planeta o cometa que, según dijo, apareció por el oeste guiando a unos Reyes de Oriente hasta Judea.

Más que Reyes o Magos debieron ser astrónomos que advirtieran de algún tipo de fenómeno en el espacio y, fuera o no leyenda, lo cierto es que aquella nota evangélica hizo cavilar durante siglos a quienes escrutaban el universo. El propio Johannes Kepler, matemático que revolucionó la astronomía en el siglo XVII con sus leyes sobre el movimiento de los planetas, determinó que lo acontecido en Belén pudo deberse a una conjunción de Júpiter y Saturno. Kepler disponía ya de instrumentos ópticos capaces de observar el cielo mucho mejor de lo que pudieron hacerlo aquellos tres sabios de Oriente, pero nada parecido a lo que ahora en este campo científico está por venir.

Hoy viernes, día de Nochebuena, a las 13.20 hora española, un cohete Ariane lanzará desde la base de Kourou en la Guayana Francesa un telescopio espacial de nueva generación, que pretende dejar al Hubble a la altura de un catalejo de pirata. Todo es superlativo en este ambicioso proyecto que arrancó a finales de los años 80 y que sufrió toda suerte de vicisitudes técnicas y presupuestarias provocando sucesivos retrasos y aplazamientos. Empiezan ya por ser estratosféricos los diez mil millones de dólares invertidos en este programa científico de los que un 80% los aportó la NASA y el 20% restante entre la Unión Europea y Canadá.

Este gran telescopio emprenderá hoy, si por fin nada lo impide, un viaje de 16 días

Bautizado con el nombre de James Webb, funcionario norteamericano que impulsó en los 60 el programa Apolo, este gran telescopio emprenderá hoy, si por fin nada lo impide, un viaje de 16 días para cubrir el millón y medio de kilómetros que le separa del punto donde se pretende que orbite desde el lado no soleado de nuestro planeta.

El James Webb desplegará allí un espejo de seis metros y medio de diámetro compuesto por 18 hexágonos de berilio, elemento extremadamente duro y liviano, que irán recubiertos de una pátina de oro. Un parasol gigante del tamaño de una cancha de tenis protegerá los espejos y los instrumentos científicos a temperaturas próximas al cero absoluto. La tecnología más sofisticada puesta al servicio de un artilugio capaz de poner al alcance del ojo humano las primeras estrellas y galaxias que se formaron en el universo temprano después del llamado big bang. Las investigaciones y descubrimientos que este telescopio espacial puede proporcionar sobre la evolución de los sistemas planetarios e incluso en la búsqueda de huellas químicas que señalen la existencia de vida extraterrestre son inconmensurables.

Su aportación al conocimiento sobre los orígenes del universo puede ser mucho mayor que la de cualquier otro programa espacial

Para la mayoría de los mortales el viaje por el espacio de un instrumento óptico no resultará seguramente tan atractivo ni espectacular como la llegada del hombre a la Luna o la exploración de Marte, pero su aportación al conocimiento sobre los orígenes del universo puede ser mucho mayor que la de cualquier otro programa espacial.

Tal vez algún día, ese telescopio espacial encuentre como Kepler una explicación al movimiento del "cuerpo astral" que, según San Mateo, guio a los Reyes de Oriente hasta un establo de Belén. Imaginen que notición. ¡Feliz Navidad!

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