Botellón en España

Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'OPINIÓN
La Guardia Urbana de Barcelona desaloja a personas que hacían botellón en el paseo del Born, este verano.
La Guardia Urbana de Barcelona desaloja a personas que hacían botellón en el paseo del Born, este verano.
ACN

Viernes a medianoche, una niña pija cabecea recostada en un banco de la calle. Está pálida como un muerto, y sus convulsiones revelan hasta qué punto la juerga que pretendía correrse terminó para ella en una noche de perros. A sus pies, salpicando los zapatos de tacón de color rosa palo, la vomitona que testifica el rechazo de su organismo a lo que ha ingerido. "¿Pedal o fumada?", le pregunta un chico a otro de los cinco adolescentes que rodean a la cría con más curiosidad que conmiseración. Incluso alguno sonríe como si la escena tuviera puñetera gracia. Lo sensato y solidario sería avisar al Samur y que atendieran a su compañera de farra pero ninguno quiere líos y su concepto de la amistad no da para tanto. Minutos antes la muchachada beoda había sido desalojada del pequeño parque de un barrio bien de Madrid donde se habían juntado un centenar de jóvenes para hacer botellón.

Desde la conclusión del toque de queda que motivó la Covid los botellones han crecido de forma exponencial hasta constituir, además del de convivencia y orden público, un problema sanitario de primera magnitud. El del botellón no es un fenómeno nuevo, hace casi dos décadas el gobierno autonómico de Ruiz Gallardón promulgaba a bombo y platillo una ley antibotellón con la que pretendía cortar de cuajo las concentraciones etílicas en la calle. La ley capacitaba a los policías locales a multar con severidad a los infractores y sancionar a los menores con trabajos para la comunidad. Otras comunidades como Cataluña, Castilla y León o Cantabria habían establecido normas similares con más voluntad que éxito. En los primeros fines de semana se prodigaron las sanciones y de los grandes botellones pasaron a los microbotellones con grupos reducidos y en espacios recónditos que dificultaban la labor de los agentes municipales.

Hubo otras experiencias como la de Granada en 2007 en la que su ayuntamiento estableció un lugar habilitado expresamente para la práctica del botellón sin molestar a los vecinos. Nueve años duró el invento cargado de discordia porque aquello creció de tal manera que se les fue de las manos y el gobierno municipal lo terminó prohibiendo.

Puede decirse que la práctica de reunirse en espacios públicos para beber es un fenómeno típicamente español. Hay algún país como Alemania donde también se da pero nada que ver con lo que ocurre en España. El clima, la sociabilidad española y sobre todo la permisividad con el alcohol favorecen esta forma de consumo barata y accesible para la economía de la gente joven.

Las restricciones a la hostelería derivadas de la pandemia han disparado las concentraciones de bebedores hasta encender las alarmas de los ayuntamientos, que ya las contemplan como un problema de primera magnitud.

Ahora hay botellones de 10.000 y hasta 12.000 personas en los que se juntan chavales, otros no tan jóvenes y la gente más chunga de cada municipio. De ahí que los desalojos policiales hayan derivado en incidentes graves con heridos, detenciones y destrozos al mobiliario urbano. La sensación en Ayuntamientos como el de Barcelona es de absoluta incapacidad para manejar un fenómeno que, además de atentar contra la convivencia, pone en riesgo el necesario control de la pandemia.

El de los botellones en España no es solo un problema de los vecinos que lo sufren, de una forma u otra nos afecta a todos y nunca se le ha tomado la medida .

Cuando aquel chico preguntaba si lo de la niña bien era "pedal o fumada", es decir, si estaba "hecha mierda" por el alcohol o por los porros, el amigo respondió que por los dos. Esto es lo que hay.

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