Bares, ¡qué lugares!

Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'OPINIÓN
Archivo - Varias personas en la terraza de un bar en el centro de Madrid (España), a 5 de febrero de 2021.
Varias personas en la terraza de un bar en el centro de Madrid.
Tamara Rozas

La mejor institución de la historia de la humanidad, así define Eduardo Mendoza los pubs británicos. El insigne escritor afirma que el pub cumple allí una gran función social por ser el lugar al que la gente acude cuando no tiene nada que hacer; es, dice, la casa con alfombras y madera que nunca han tenido, una especie de "club del pobre" sin el que no pueden vivir, añade él. Alguna razón debe tener Mendoza, porque muchos de estos pubs tenían listas de espera de mil y hasta dos mil personas antes de reabrir sus puertas esta semana tras permanecer cerrados desde Navidad.

En España esa función social la cumplen los bares aunque sin el carácter de club que adquieren en el Reino Unido. Aquí la gente puede tener preferencia por un bar, pero suele diversificar bastante más, entre otras razones porque la oferta es infinitamente mayor. En ningún lugar del planeta hay tantos bares como en nuestro país. Se calcula en casi trescientos mil el número de establecimientos que tenemos en España, tocamos a un bar por cada 175 habitantes y hay distritos de Madrid donde hay más bares que en toda Finlandia. En este sector, nadie nos gana en cantidad, diversidad ni en profesionalidad, tampoco en relación calidad precio. Aquí tenemos bares para todos los gustos y bolsillos, su oferta es muy apreciada por quienes nos visitan y la pena es que no hayamos sabido exportar el modelo con sello español al resto del mundo como han sabido hacer los italianos con sus pizzerías.

"Madrid ha vivido una realidad diferente al resto de España y, si me apuran, de Europa, como lo demuestra la afluencia masiva de franceses"

El bar es la máxima expresión de nuestra sociabilidad y con la sociabilidad reducida por la pandemia su actividad se ha visto muy alterada, cuando no paralizada, por el confinamiento y las restricciones impuestas por las comunidades autónomas. A consecuencia de ello, casi un tercio del sector ha echado el cierre con la consiguiente sangría de puestos de trabajo. Negocios muchos de ellos que funcionaban desde hace décadas y que habían superado crisis de todos los colores.

En Madrid, el sector hostelero también ha sufrido, aunque bastante menos que en otras comunidades por las reticencias del Gobierno regional a paralizar su actividad. Una decisión muy discutible y discutida y que el Ejecutivo madrileño ha defendido cuestionando los contagios en el interior de los bares. Sea como fuere, lo cierto es que Madrid ha vivido una realidad diferente al resto de España y, si me apuran, de Europa, como lo demuestra la afluencia masiva de franceses para disfrutar del jolgorio y la liberté madrileña en plena pandemia. Tanto es así que, a pesar de la ausencia de ayudas directas para el sector que le reprocha la oposición, muchos bares y restaurantes de la capital están resarciéndose con creces de las restricciones severas haciendo más caja que nunca.

A ello contribuye generosamente la determinación del Ayuntamiento de Madrid de abrir la mano con la extensión de las terrazas. Su encomiable interés por ayudar al sector permitiendo sacar su actividad lo más posible al exterior ha desatado una ocupación en ocasiones desmesurada de la vía pública, al extremo de que, en algunas aceras, reducen el espacio para los peatones a la mínima expresión. De igual forma la ausencia de rigor estético ha permitido la instalación de auténticos mamotretos, sobre todo en los espacios hurtados a miles de plazas de aparcamiento.

Aunque la intención sea buena, se echa en falta un mínimo de orden en esta expansión libérrima de los bares en las calles. Ahora, esas terrazas son el club social de los españoles, que diría Eduardo Mendoza, lugares gratos para conversar como rezaba la canción. Pero no deberían ser un adefesio urbano.

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