Servidores públicos

La Sierra de Guadarrama reanuda su actividad turística
Una familia adentrándose en la Sierra de Guadarrama.
Europa Press

Terminado el confinamiento me eché al monte, con un grupo de amigos. Somos caminantes preparados, tenemos respeto a la montaña y la marcha, por senderos de Guadarrama que conocemos bien, no ofrecía especial complicación. Pero un mal paso cualquiera da en la vida. Di un mal paso, me torcí un tobillo, la cosa pintaba mal y mis amigos llamaron al 112. A los diez minutos estaba con nosotros un guarda forestal, a los quince sobrevolaba la zona un helicóptero del Grupo Especial de Rescate en Altura (GERA) y media después de la caída unos bomberos muy majos me sacaban volando de allí y me metían en una ambulancia del Summa que me llevó a un hospital público de donde salí dos horas después con el problema médico encarrilado.

Esa experiencia personal, que solo es posible en las películas y en contados países de la tierra, es una gota de agua en comparación con lo que han hecho durante la pandemia miles y miles de servidores públicos, dirigidos y coordinados –por regla general– con acierto.

"Tenemos un sistema de convivencia que funciona razonablemente bien, con un servicio público sólido"

La comparto porque veo cierta tendencia a olvidar, ignorar o menospreciar lo que tenemos, lo que hemos construido juntos o hemos heredado de nuestros padres: un sistema de convivencia que funciona razonablemente bien y tiene como esqueleto un servicio público sólido cuyos trabajadores, sean funcionarios o contratados, saben lo que hacen y se ganan el sueldo con solvencia.

Hay que mejorar muchas cosas (como las residencias de mayores, donde vivían dos de cada tres muertos por la Covid-19), pero no podemos permitir que ese sistema se eche a perder por el oportunismo político, el afán privatizador, la voracidad de quienes se creen los dueños del cortijo y la agresividad de quienes aspiran a serlo.

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