La campaña de Trump

  • EE UU se ha polarizado. Lo estaba ya en tiempos de Obama. Con Trump aumentó lo que se refleja en la prensa.
El presidente estadounidense, Donald Trump, salió momentáneamente del hospital militar Walter Reed para saludar por sorpresa y desde el coche al grupo de simpatizantes que se han concentrado en las cercanías del complejo hospitalario, en el que está ingresado por coronavirus.
Donald Trump, durante su convalecencia.

Estados Unidos se ha polarizado progresivamente. Lo estaba ya en tiempos de Obama. Con Trump aumentó lo que se refleja en la prensa. Los grandes diarios, con pocas excepciones, son llamativamente pro-Biden. Tanto que en dos de sus paladines, The New York Times y The Washington Post, la objetividad renquea. Día tras día los aspectos negativos de Trump hacen titulares. Él da motivos pero el sesgo es notorio. El presidente es más fuerte en la radio. La polarización nacional llega a tal punto que los militantes disienten hasta en cómo se vota, 62% de los demócratas desean poder hacerlo por adelantado, en persona o por correo, y sólo 28% de los republicanos lo quieren. Este voto anticipado existe en 36 de los 50 estados y será en la elección muy utilizado por el temor que causa la pandemia en aglomeraciones.

Hay menos división en los sondeos. La mayoría dan vencedor a Biden, no sólo en el voto popular que, aunque aquí no se entienda, puede legalmente ser irrelevante —Hillary Clinton superó en 3 millones de votos en 2016 a Trump y perdió la elección— sino en lo que cuenta, en el colegio electoral.

El sistema americano (sus fundadores, desconfiaban de la madurez del pueblo llano) impone que la elección, indirecta, tenga dos fases. Los ciudadanos, en cada estado, escogen a delegados cuyo número depende de los legisladores que ese territorio envía al Congreso nacional (California 55, Texas 38, Nueva York 29, etc…) Dado que un candidato que gana en un estado se adjudica todos sus delegados, los aspirantes se desmelenan en aquellos territorios cuyo resultado se cree indeciso, Pennsylvania, Florida…, y no se esfuerzan en los claros (Biden, demócrata, sabe que sin despeinarse ganará California). Ese sistema hizo presidente a Trump. No se molestó en trabajarse Nueva York o California, sabía que perdía, pateó los dudosos importantes y logró imponerse en todos ellos.

Entró en la Casa Blanca contra todo pronóstico, logró más votos en el Electoral (304-227). Él y sus no escasos partidarios esperan que este año se repita el batacazo de los sondeos. No será fácil. A tres semanas vista, la separación en los sondeos entre Biden y Trump es enorme (52-42), es decir 10 puntos. En 2016 Hillary sólo le sacaba 2. Improbable, además, si recordamos que en el debate electoral Trump no revolcó al demócrata como se esperaba y la pandemia no ha sido clemente con el presidente, la ha gestionado con confusión y sin eficacia, allí lo han comparado con la pobre actuación de nuestro gobierno, su inconsciencia le jugó la mala pasada de contagiarse y la Casa Blanca no aclara si la ha superado. No habrá entonces segundo debate.

Si Trump cae, los republicanos pueden tener un sustancial premio de consolación. La aprobación de la católica y brillante juez Amy Barrett para magistrada del Supremo lo que haría que este órgano capital, gracias a Trump, tenga una mayoría (6-3) de miembros conservadores. Legado tan trascendental que los republicanos, con mayoría hoy en el Senado, quieren precipitar el examen de Amy (empieza el 12) para dejar el tema atado y bien atado antes del posible mutis de su mentor. Los demócratas, conscientes del asunto, planean, si ganan las elecciones, diluir a los conservadores aumentando el numero de magistrados. Algo insólito.

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