El debate

El apoyo de Bildu a los Presupuestos protagoniza el debate político
Congreso de los Diputados.
Europa Press

Me llama la atención que hoy en día existan personas que quieran imponer una idea sobre el resto. La democracia sin tener acceso a negociar no sería posible. En el mundo antiguo las supersticiones no dejaban paso a que tuviese lugar un espacio donde debatir las cuestiones. En las dictaduras tampoco lo ha habido, y no quedan muy lejanas en el tiempo. Un país sin debate padece una sociedad paralizada. Habrá cosas que no siempre gusten a todos: aprobar una ley, un modelo económico desactualizado, un programa cultural o una simple propuesta rutinaria.

En España los partidos políticos solamente tienen que cumplir con una premisa, actuar dentro de la Constitución. Aquí no se exige que sea compartida, ni por supuesto estar de acuerdo con ella en todos sus términos. De hecho no creo que haya una sola sigla partidista que crea que la Carta Magna en su totalidad es perfecta. Siempre hay cosas que reformar o debatir, y ahí está la esencia de la democracia.

Desde hace aproximadamente dos siglos las sociedades modernas han diversificado sus ideales y gracias a ello se han generado parlamentos donde Gobierno y oposición han chocado con frecuencia. Todo mandatario se da cuenta de lo difícil que es gobernar cuando se tiene la llave del dinero. Ahora bien, nunca se puede ejecutar en beneficio propio. Hay que ir en pro de los ciudadanos, pero sin llegar a convertir el Estado en una niñera. Las herramientas del poder juegan a favor de obra durante un tiempo limitado. La línea del debate no la marca la oposición precisamente. Ahora bien, cuando no se da pie al rival, nace el totalitarismo y el ciudadano se siente desprotegido. El tiempo corre en su contra, que se lo aplique el que crea oportuno.

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