A la sombra de la reina

Isabel II y el duque de Edimburgo paseando por un parque, durante un reportaje cuando se comprometieron, en 1946.
Isabel II y el duque de Edimburgo paseando por un parque, durante un reportaje cuando se comprometieron, en 1946.
GTRES

Enfrentaron juntos no solo problemas de Estado sino duras circunstancias personales que pusieron a prueba la solidez de su reinado y de su matrimonio.

Cristina García Ramos.

CRISTINA GARCÍA RAMOS

  • PERIODISTA

Cuando el destino, ayudado por la mano de Lord Mounbatten, propició el acercamiento entre una joven princesa heredera y un apuesto oficial griego de la marina británica, comenzó a escribirse un nuevo capítulo llamado a llenar las últimas décadas de la historia del Reino Unido. Isabel se enamora y tiene claro quién quiere que sea su marido.

Felipe, nacido príncipe de Grecia y Dinamarca y primo lejano de la futura reina, no es un buen partido ni parecía el candidato más adecuado para un matrimonio que la Familia Real no ve con buenos ojos. Para lograr su aceptación se imponen una serie de renuncias a su apellido, largo, impronunciable y de claras referencias germánicas, a su religión ortodoxa y a sus derechos dinásticos.

No serían las únicas. Más tarde llegaría otra especialmente dolorosa: poner fin a su vocación de marino, cuando a la muerte del rey Jorge, Isabel II accede al trono.

Para el duque de Edimburgo, título que recibe al contraer matrimonio, no fue fácil vivir a la sombra de su esposa, la reina. El papel de consorte no satisfacía sus aspiraciones, pero cumplió fielmente en ser su apoyo institucional en las múltiples crisis que tuvieron que enfrentar en estos años. Los escándalos y divorcios en el seno de la familia real que amenazaron en más de una ocasión los cimientos de la monarquía —Carlos, Diana y Camila—, luego el príncipe Andrés y, en los últimos tiempos, los Sussex sacudieron también fuertemente los lazos familiares.

La Corona resistío. La familia mal que bien, aguantó. El príncipe Felipe cumplió fielmente con la lealtad que se le exigía y ese legado quedará para la Historia.

Próximo a cumplir los cien años y sabiendo lo cerca de su final tuvo buen cuidado en dejar claro como quería que fuese su despedida. Un velatorio privado en el castillo de Windsor y un funeral con carácter militar. Ni funeral de Estado ni capilla ardiente. Sus deseos serán cumplidos.

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