El 4-M, las grandes palabras y la letra pequeña

Encarna Samitier  Directora de '20minutos'OPINIÓN
Una mujer deposita su voto en una urna en en un colegio electoral de Barcelona.
Una mujer deposita su voto en una urna.
MIQUEL TAVERNA

Hay elecciones regionales en la capital de la nación. Un colectivo de urbanistas, especialistas e investigadores suscribe una tribuna en la que recuerdan asuntos pendientes: el problema del alquiler, el reto de la movilidad, la necesidad de luchar contra las desigualdades sociales y territoriales... "Los debates de fondo que conciernen al porvenir de la región metropolitana no se han abordado nunca", afirman. ¿Es Madrid? No, es París. Pero la reflexión puede ser perfectamente extrapolable. Los asuntos que afectan directamente a la vida cotidiana de los ciudadanos, las estrategias a medio plazo, se han visto relegados estas dos semanas de campaña cruzada por un insólito ajetreo de cartas amenazadoras por las oficinas de Correos, y un debate frustrado, un mitin reventado, la investigación de un trabajador del partido del candidato por su participación en este último... Y por un cruce de palabras hirientes, no tan insólito en el Congreso, pero que concentrado en quince días deja un regusto muy amargo.

“Comunismo o libertad” y “Fascismo o democracia”, los eslóganes básicos –¡y tan básicos!- de la campaña tienen letra pequeña, pero hay que molestarse en buscarla. Conocemos las propuestas de cada partido en líneas generales: bajar los impuestos, dejarlos como están, subir la tributación; las líneas programáticas para la sanidad, la enseñanza, la política de vivienda, la movilidad, las ayudas sociales, el medio ambiente... El problema es que se ha consumido más tiempo y más energía en la confrontación de bloques que en el debate de proyectos.

El martes se despejarán las incógnitas, una vez que, legal pero anómalamente, se ha suspendido la publicación de encuestas. Según el resultado, sobre todo si se confirman los pronósticos de las encuestas y el PP revalida el gobierno con una rotunda victoria, España puede entrar en una espiral electoral que incluya adelantamientos de las fechas previstas para Andalucía y para el Gobierno de la nación. Si se repite la dinámica que se ha vivido estos días en Madrid, la agitación se solapará con el obligado debate sobre importantísimos pendientes. No solo la política puede quedar en suspenso, principalmente en lo relativo a Cataluña. Está por decidir qué pasa con la segunda dosis de la vacuna de AstraZeneca, y, sobre todo, cómo se gestionará la vuelta a la normalidad sin el paraguas del estado de alarma y sin ningún cambio de normativa efectuado durante este año largo de pandemia.

En un país con más de un millón doscientos mil hogares con todos sus miembros en paro, con el desempleo juvenil en cabeza de un triste ranquin, está por ver cómo se activará la economía y cómo se gestionará la llegada de los fondos europeos. Una inyección que está vinculada, por cierto, a las reformas exigidas por Bruselas, que el Gobierno deberá impulsar en un marco político que puede consolidarlo o amenazarlo. Pase lo que pase, la parálisis es lo único que no puede permitirse el país. La letra pequeña de la gestión exige su sitio.

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