2021, entre la incertidumbre y la esperanza

Encarna Samitier Directora de '20minutos'OPINIÓN
Vacuna
Un vial de vacuna contra la Covid-19.
Lisa Ferdinando/U.S. Secretary of Defense

Cada año nuevo es una página en blanco, pero 2021 llega marcado con las líneas emborronadas por las lágrimas vertidas durante la pandemia. La esperanza que suscitan las vacunas convive con la contundencia de las cifras: despedimos diciembre con datos de contagios que presagian una cuesta sanitaria de enero muy dura. No sabemos (¡todavía!) el número real de víctimas que ha causado ese virus que se manifestó en el confiado inicio de 2020, pero los registros apuntan a que puede haber en torno a 20.000 fallecidos más de los que anota el balance de oficial de 50.000 personas muertas a causa de la covid. Conocer ese dato, esto es, la pérdida irreparable de tantas otras vidas más, es uno de los deberes pendientes del Gobierno, cuyo ministerio de Sanidad va a cambiar de titular precisamente cuando asoma la tercera ola.

Afortunadamente, varias vacunas están aquí, pero no podemos olvidar que hace unos meses los sanitarios luchaban contra un virus letal y desconocido sin equipos de protección, envueltos en bolsas de basura. Han pagado un precio muy alto. Irónicamente, el año había empezado con la formación de un gobierno que desgajó Ciencia de Universidad. La urgencia de la investigación, de la búsqueda de fármacos, de una vacuna que frenara al virus y su expansión delató la falta de medios. Los investigadores españoles del CSIC avanzan ahora en la creación de una vacuna más perfecta que las existentes, pero lo hacen más lentamente que en otros países. Éramos líderes europeos en fibra óptica... pero no teníamos mascarillas. La ciencia y la investigación, desatendidas, piden sensatez a voces.

Como sucede en los terremotos devastadores, la catástrofe vino precedida de señales. La primera se manifestó, justo hace un año, a través de la red china ‘Wechat’ (mil millones de usuarios). El médico Liu Weilang alertó en un mensaje sobre varios hospitalizados a causa de un coronavirus que podía ser muy peligroso. El comité local de Salud sancionó a Weilang y prohibió la difusión de comunicados no oficiales. En España, el Gobierno prefirió oír y apoyar a quienes caracterizaban al virus como causante de poco más que una gripe. En un tiempo de posverdad, los hechos -más de un millón y medio de muertos en el mundo-, con sus inconvenientes y con su tozudez, incomodan. Esta negación oficial de la realidad facilitó el avance mortífero del virus. Si tuviera rostro, habríamos podido ver su sonrisa maligna y complacida. Si la realidad predomina sobre la propaganda, mejorará la gestión y beneficiará a los ciudadanos en la nueva fase de la crisis. Pero no parece tarea fácil.

Los mantras del inicio de la pandemia no ayudaron. Se repitió que afectaba a los ancianos y a las personas con patologías previas. La banalización de la enfermedad tuvo efectos terribles, que perduran. La imagen de los ancianos que han sido los primeros en recibir las vacunas busca paliar ese tremendo error inicial, pero urgen más y mejores medidas que eviten la invisibilidad de las personas mayores y que doten a las residencias de los medios para evitar otra catástrofe.

"Cohesionar, equilibrar, en lugar de tensionar debería ser otro reto para 2021"

Las costuras del Estado autonómico se han forzado al máximo. Del mando único de marzo, con una exhibición de altos mandos uniformados para infundir seguridad, se pasó al sálvese quien pueda de la desescalada autonómica. Se ha insistido en que los expertos, técnicos de Sanidad cuyo nombre se ha dado a conocer in extremis, guían las decisiones del Gobierno, pero el experto en jefe, Fernando Simón, pareció a veces más un analista de datos que un referente epidemiológico. El presidente Sánchez insistió en que el virus no conocía fronteras pero indujo una competición entre autonomías según la marcha de la pandemia. Cohesionar, equilibrar, en lugar de tensionar debería ser otro reto para 2021.

Nunca ha sido más necesaria la unidad política y pocas veces ha habido más tensión. No solo por las dificultades inherentes a un gobierno de coalición, sino porque desde el banco azul se pone en cuestión la Jefatura del Estado y, con ella, la monarquía parlamentaria como régimen constitucional. Sin embargo, una de las certezas que deja la pandemia es que la hoja de ruta para superar los estragos económicos y sociales debe incluir la fortaleza de las instituciones democráticas –la monarquía parlamentaria, en España, lo es_ y la unidad y cohesión de estas con la sociedad civil y el tejido económico.

Las crisis son el caldo de cultivo de los populismos, pero el contraste entre liderazgos como el de Angela Merkel y Donald Trump, desalojado de la Casa Blanca, señalan el camino. Se ha visto con la respuesta, tardía pero al final eficaz, de la Unión Europea. 2021 será crucial en todo el mundo. En España debe resolverse el desafío separatista, que alientan los aliados del Gobierno (en minoría) de PSOE y Unidas Podemos. Las elecciones catalanas serán una piedra de toque. Pese a su ‘autoaprobado’ en gestión, el presidente Sánchez debería abrir el espacio de gobernanza y acuerdos al ámbito de la moderación y el equilibrio. La conversación pública se ha convertido estos meses en griterío insoportable. Fortalecer el espíritu de diálogo, respeto y convivencia que defendió Felipe VI en su mensaje de Navidad, basado en el pacto constitucional, es clave para encarar con fuerza el incierto con 2021. No hemos vivido una guerra, pero sí sufrimos una enorme crisis. Nos ha recordado brutalmente nuestras debilidades, pero también las fortalezas y los valores que nos harán superarla. Frente a la polarización, el esfuerzo conjunto, de todos y cada uno.

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