Imagen de la portada del libro "Yo fui un niño soldado" (Plon).
Imagen de la portada del libro "Yo fui un niño soldado" (Plon). Plon

Nadie forzó a Badjoko, que ahora tiene 21 años, a ser militar.

Hijo de una familia acomodada, abandonó un día el colegio para enrolarse en las milicias de Kabila y participar en una guerra que veía como "un juego interesante", como las películas de ficción, aunque la realidad "resultó ser muy diferente".

Badjoko abandonó el colegio para enrolarse en las milicias y participar en una guerra que veía como un juego interesante
En el frente,
Badjoko fue torturado, vejado y apaleado por su propio bando.

Vio morir a sus amigos, pero también fue verdugo de sus adversarios y mató a gente de sus propias filas para evitar que cayeran en manos enemigas.

"Primero se mata para no morir, luego casi por placer" asegura este "kadogo", término suajili que significa niño soldado.

"En el frente te lo hacen pasar muy mal; matan y torturan a tus amigos y en esa situación de violencia extrema, te vuelves como un animal", añade.

En el frente matan y torturan a tus amigos y en esa situación de violencia extrema, te vuelves como un animal

Este joven, como tantos miles de niños y adolescentes en su misma situación, fue víctima del conflicto, pero a la vez cómplice activo de una guerra que prefiere olvidar.

No pensar en el pasado

"Lo que no puedo hacer, afirma Badjoko, es pararme demasiado a pensar en el pasado, porque fue muy duro. Lo que yo recuerdo, más allá de la violencia, es que logramos echar al dictador Mobutu, que llevaba más de 30 años en el poder".

Hastiado de participar en una guerra de extrema crueldad, Badjoko decidió poner fin a su periplo militar subiéndose a un avión que lo evacuaría a una zona segura.

El aeroplano, sin embargo, estaba reservado a heridos de guerra, así que el joven se manchó el uniforme con sangre de un mutilado y, una vez el avión aterrizó, se quitó la vestimenta para ser confundido como uno de los niños que venden golosinas en el aeropuerto.

No obstante, Badjoko aún participó, nuevamente de manera voluntaria, en otra guerra, esta vez contra los milicianos que querían derribar al dictador Kabila, que fue asesinado el 16 de enero de 2001 en Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo.

Con 17 años decidió  que quería volver a ser civil y olvidarlo todo

A finales de 2001, tras seis años de conflicto en un país marcado por las luchas internas entre las diferentes etnias, Lucien, que entonces tenía 17 años, decidió definitivamente abandonar las armas y se apuntó a una Oficina Nacional de Desmovilización y de Reinserción para los niños soldado (Bunader).

Quería que lo desmovilizasen para "acabar con el ejército, volver a ser civil y olvidarlo todo", confiesa.  

A pesar de las cicatrices físicas y emocionales que aún guarda del conflicto, Badjoko está orgulloso de haber conseguido seguir adelante.

"Todo eso resulta muy lejano. Lejos queda aquella época en que las armas me abrían las puertas y le ordenaba a la gente en la calle: 'Tú, ve a buscarme agua'", recuerda Badjoko en el libro (EntreLibros) que ha escrito con la colaboración de la periodista Katia Clarens.

Nueva vida

Con 21 años, este antiguo "kadogo" estudia segundo de Derecho en la Universidad de Kinshasa.

Ahora se siente bien y tiene proyectos de convertirse "en alguien importante" para su país.

Badjoko se considera un "resistente", aunque lamentablemente su caso no es el habitual entre los niños que como él luchan en guerras tercermundistas, muchos de los cuales, tras pasar por una oficina de movilización, regresan a la vida militar.

La única solución es la paz

Para la mayoría de estos niños "la mili es la única familia que les queda".

"La única solución es la paz, pero también quiero decirles que crean en el futuro. Con la ayuda de Dios, se pueden hacer muchas cosas grandes", asegura Lucien Badjoko.

En la República Democrática del Congo, la guerra ha ocasionado más de cuatro millones de muertos, entre ellos centenares de miles de niños y mujeres.