Silva, pintor y profesor catedrático en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia, tras una primera etapa de iniciación adscrita al expresionismo matérico y colorista, desarrolló un realismo minucioso, casi fotográfico, próximo al hiperrealismo.

En ese período, la cuidad factura de sus cuadros le permitió acceder al mercado internacional, siempre atento a este tipo de producciones, en palabras del crítico Rafa Prats.

Durante toda una década, desde principios de los setenta, su pintura se acogió en esta especie de "hiperrealismo mágico", como fue denominado por algunos. Pero en 1981, el artista llevó a cabo una fuerte ruptura, motivada, quizá, por el deseo de moverse en una plástica más liberada.

De este modo, cambió toda su concepción pictórica y adoptó un lenguaje de acento expresionista, donde el gesto y el movimiento adquirían toda su dimensión protagonista, con evocaciones de los universos cubistas y futuristas.

Dentro de este giro, de un cromatismo austero y de tonos fríos, pasó a una explosión colorista de gama más cálida. Además, la construcción interna revela "un poderoso concepto compositivo por medio del cual el artista elabora su mundo pictórico, en el que no es ajena la presencia de una figuración insinuada, integrada en el contexto plástico, dentro de un discurso coherente el que no se regatean datos para su lectura".

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