El negro odio

En el fondo todo ocurre como si esa violencia fuera simulada, en el sentido que más que una pasión o un instinto fuese una mala copia de los efectos especiales de unos medios que fingen grabarla y difundirla, pero que en realidad, la preceden y estimulan.
Pero esto no es violencia, es negro odio. El odio es más irreal, más inasible que la simple violencia, por eso es tan difícil hacerle frente. No podemos desmotivarlo porque no tiene motivación explícita, no tiene móvil y no podemos castigarlo porque nos hemos convencido de que sus adeptos son unos irresponsables. Por ejemplo, del joven bárbaro no ha trascendido el nombre.

Tampoco los cargos que se le imputan. Ni tan siquiera cuáles son los efectos que se le intervinieron en la detención. ¡Cuanta finesse! Qué diría alguno. Es que tienen padres, dirán otros. ¿No se han dado cuenta de que  este exceso de protección conlleva una perdida de las defensas del cuerpo social y que los anticuerpos, en paro técnico, se vuelven así, contra el propio organismo? No, por lo visto no se han dado cuenta, pero el negro odio es una enfermedad de este orden.

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