Boris Izaguirre
Boris Izaguirre en una foto promocional para el programa 'Humanos y divinos' RTVE

Sus historias comienzan con un "batir de pestañas", un suave parpadeo. Boris Izaguirre entorna los ojos sedosos y deja que se reclinen varios segundos antes de emboscarlos con un aleteo en los de su ocasional interlocutor. La sonrisa parece asomar primero cohibida y, luego, coqueta y sonrosada. Pillín.

<p>Boris Izaguirre</p>Gira la cabeza y muestra el perfil respingón a la cámara. Los pómulos son bellos y redonditos. Está guapo. Ahora cruza la pierna dejando asomar el calcetín de fantasía por debajo del pantalón de vestir mientras su discurso se ocupa de términos como léxico, Iglesia, moda, absolutismo, clarividencia, touch of class, Obama, pasión… En esta lista no figura 'momentazo', ese vocablo que le hizo célebre en su primera etapa televisiva, la más gamberra de todas, junto a Javier Sardá. Tampoco el adjetivo inglés 'divine', que ha reemplazado por su versión española, más contenida.

El showman asegura que, a sus 45 años, se siente sereno, más maduro y que alterna menos. Ya salió mucho en el pasado, una barbaridad. Fueron años esdrújulos: "mayúsculos y frenéticos". Hoy prefiere quedarse en su estudio de la calle madrileña de Argensola y charlar con los amigos. Antes de despedirse, balancea las caderas caprichosamente y dedica un mohín divertido y seductor a la audiencia. Qué locura.

La atracción irresistible del "glitter"

Reconoce que el calor de los focos le atrae casi tanto como la escritura. Al menos, así lo señaló en 2009, antes de trabajar como jurado en el programa Más que baile! y de incorporarse a RTVE como presentador del late night Humanos y divinos, algo que ha hecho hace unas semanas. Entonces, decía, escribir era su libertad y los platós, un medio de supervivencia que le había permitido conquistarla.

En los libros, sus personajes tienen la piel muy blanca, los labios muy rojos y el pelo muy negro. O son marines que portan frascos de Rimmel en los bolsillos del uniforme. O mujeres de telenovela, desoladas, que se sienten "como un gato que avanza sobre un césped arisco y demasiado alto". Entre las páginas se cuela un cha cha chá de Agustin Lara, o quizá una sinfonía hermosa y atormentada de Tchaikovsky. Pero también hay gustos más mundanos, como Paulina Rubio, Miguel Bosé, Blondie, Jack Johnson y las piezas más festivas de Bananarama.

<p>Boris Izaguirre</p>

Confeso esclavo del glamour y de la diversión, describe al primero como algo fatuo pero atractivo, algo así como "subir y bajar de un avión" y "un arma de la CIA para invadirnos". Y se declara un fan incondicional de la cirugía estética, la televisión por manipuladora, las fiestas, los vestidores con espejos, las vajillas de diseño y celebrities como Madonna, Carolina Herrera y Elisabeth Taylor porque representan las cosas a las que siempre quiso llegar en la vida.

Junto a estas revelaciones, este hijo del ex director de la filmoteca de Caracas y de una bailarina clásica, que nunca llegó a terminar la carrera y que comenzó trabajando de guionista en el culebrón La dama de rosa, despacha con elocuencia sus opiniones sobre política, medios de comunicación, nuevas tecnologías o la Iglesia. Así, las redes sociales "son otra forma de narrar" la vida; Obama es un presidente "que ha recuperado el idioma y el léxico" y la Iglesia, un fenómeno glitter gracias al esplendor de sus túnicas y su poderío.

Sólo una parte de este dulce equilibrio entre lo profundo y lo banal, podría constituir una herencia familiar: "Mi mamá ha sido increíblemente metódica, y yo, aunque parezco disperso, soy muy consecuente".

"Momentazos" y mucho amor

Atrás quedaron sus intervenciones en el programa que le catapultó a la fama en España: Crónicas Marcianas. Allí, entre 1999 y 2005, un Boris hilarante mostró sus calzoncillos centenares de ocasiones, se disfrazó de rockera y de toro y dio una réplica inteligente a los tertulianos.

<p>Boris Izaguirre y su novio</p>

Siete años antes, el presentador había encontrado el amor en Galicia de la mano de Rubén (en la imagen), un hombre con el que contrajo matrimonio una vez que el Gobierno de Zapatero aprobó las uniones homosexuales en España. El caraqueño afirma que su marido es su apoyo y ha contribuido a hacerle la vida más feliz. Incluso, alguna vez le ha ayudado en los títulos de sus libros.

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