Huertos urbanos
Proyecto de Vertical Farm, que aboga por convertir edificios abandonados en invernaderos urbanos. ARCHIVO

A ver cómo lo hacemos: en el año 2050, más de nueve mil millones de personas (tres mil millones más que hoy) se agolparán en la Tierra. El problema, uno de ellos, es que cuatro de cada cinco vivirán en una ciudad: las urbes serán gigantescas y, pese a estar llenas de gente, deshumanizadas. Por las desmesuradas avenidas grises, millones de personas se cruzarán sin dirigirse la palabra. Simplemente, no tendrán nada en común.

Ahora, vayamos al otro extremo. La disminución de recursos naturales hará insuficiente la producción de huertas o granjas. El alto precio de los combustibles encarecerá los alimentos importados. En cambio, azoteas y terrazas, o los terrenos baldíos de cualquier barriada, se convertirán en perfectos lugares para cultivar. Adiós a solares llenos de basura o a jardines de uso contemplativo: la agricultura urbana ha llegado. Una forma de recuperar el contacto con la naturaleza, hacer más sanas las ciudades y, desde luego, socializar a sus habitantes.

Ajos en el aparcamiento

Siempre han existido, pero en los últimos años las huertas urbanas se han multiplicado. Cualquier ciudad española ha visto cómo nacían espacios agrícolas en sus calles: a veces apoyados por instituciones públicas; casi siempre creados y mantenidos por los propios vecinos. Los propósitos también varían: desde el simple afán de hacer más agradable el entorno hasta el sueño de cambiar la sociedad.

Sólo en Madrid hay más de 20 huertas urbanas. La del barrio del Retiro, por ejemplo, depende del Ayuntamiento. En la Casa de Campo, dos asociaciones ecologistas aprovechan un terreno cedido por la Comunidad de Madrid. En el barrio del Pilar, en cambio, un grupo de vecinos creó y mantiene su huerta, antes un solar incrustado entre altos edificios. Hasta en el aeropuerto de Barajas se da el fenómeno: algunos taxistas, entre carrera y carrera, se entretienen cuidando sus ajos plantados junto al aparcamiento...

Cambio planta por basura

José Luis Fernández, alias Kois, participa en un huerto urbano en el barrio de Adelfas y trabaja en la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid. Además de promover y coordinar proyectos de este tipo, la Federación pretende proponer al Ayuntamiento un plan de huertos urbanos, en el que además de enumerar los que están en marcha busquen espacios públicos en desuso que podrían aprovecharse. "Cada caso es distinto", dice Fernández, "porque la ambición, o la voluntad de permanecer, varía. Nosotros queremos espacios consolidados y, para eso, hay que negociar con cada autoridad local". Para él, el esfuerzo vale la pena: "Donde antes había maleza o basura, ahora encuentras una zona verde. Y, por unos 400 euros, tienes a los vecinos trabajando juntos...".

Es cierto: en Barcelona, Vitoria, Santander o Alicante miles de personas se esmeran trabajando una tierra que, en cierta forma, les pertenece. Pensar en que una huerta urbana pueda abastecer a un barrio es todavía algo utópico, pero no que dicha huerta se convierta en un espacio de aprendizaje (son muchos los colegios que empiezan a visitarlas) o en escenario para las relaciones sociales. Los chavales, en vez del botellón en el parque, pueden reunirse a ver cómo van los tomates. Los parados pueden sentirse más útiles. Y los ancianos, lo mismo: además de su tiempo libre, muchos exhibirán unos conocimientos agrícolas que no dejaron olvidados en su pueblo natal.

El rascacielos 'verde'

Mientras, los expertos se reúnen para ver las posibilidades de este sistema. El proyecto Vertical Farm, por ejemplo, aboga por convertir edificios abandonados en invernaderos urbanos en los que cultivar alimentos, aprovechando su disposición vertical. Y los científicos no paran de idear soluciones: Dickson Despommier, profesor de Ciencias de la Universidad de Columbia, presentó hace unos años un proyecto de rascacielos. Construirlo cuesta 65 millones de euros y mantenerlo supone unos 4 anuales: los vegetales que en él podrían cultivarse alcanzarían un valor anual de 15 millones de euros. ¿Un sueño? Algo de real debe de tener cuando empresas como Coca-Cola, IBM y McDonald’s se han interesado por él.

Llena tu ciudad de flores

Se llama Guerrilla Gardening y nació en 1973: fue entonces cuando Liz Christy y algunos de sus amigos empezaron a cultivar flores y plantas en una zona abandonada de Nueva York. Ellos crearon el primer jardín comunitario de la Gran Manzana, y también fueron el germen de un movimiento que todavía (y cada vez con más razón) sobrevive. Las nuevas tecnologías han ayudado a estas iniciativas: gracias a Internet, un grupo puede organizarse en cuestión de horas y, armados con guantes y palas, sus elementos arrojarán una "bomba de semillas" en espacios urbanos desaprovechados. En la Red es posible hallar iniciativas de este tipo en España.