Al igual que aquella quimera política que llegó al Campo de Gibraltar y cruzó el Estrecho, el cochazo presidido por la dama alada no ha dejado rastro, aunque ahora la alcaldesa, Marisol Yagüe, dice que está a buen recaudo en un taller de Madrid y va a subastarlo, pues resulta ostentoso (más que el Audi A8 oficial comprado en época de Julián Muñoz, es cierto). El gilismo convirtió Marbella en cuartel para los ciudadanos y anarquía para los inversores, sin importar la procedencia e intenciones de los últimos, como se ha visto. Potenció la marca, pero su legado no ha hecho más que devaluarla: nos ha dejado en herencia millares de casas ilegales y demasiado grupo mixto.