Los inquilinos duermen rotatoriamente subalquilando habitaciones o camastros.

Muchas veces este tipo de método está marcado por el horario laboral. Así, cuando uno de los residentes va a trabajar cede su lecho para que sea ocupado por otro. A veces no existe ni colchón y el raso o una simple alfombra sirven para matar el sueño.

Otra de las características es que no se establece ningún tipo de relación contractual entre el arrendador y los inquilinos. Un joven paquistaní, Hassan, que convive con cinco paisanos más en un piso de tres habitaciones, refleja esta realidad. Llegó hace un año y medio al barrio de Artigas y no tiene papeles. Entre todos pagan 800 euros al mes con derecho a cocina. «Sólo una persona es la que tiene el permiso de residencia y es quien responde ante el propietario», indica el chico tras ser preguntado por 20 minutos por su situación.

Incluso las condiciones del inmueble son más que precarias. Eso es lo que denuncia Andrés García, residente en la calle Xile. «Los del piso de arriba no tienen ni bañera ni lavabo y se duchan en la habitación y a mí me cae todo el agua», se lamenta. Sufre este percance desde hace meses y más de una vez se ha visto forzado a dormir en el sofá del comedor por las goteras en su dormitorio.