Una noche más, me propuse a salir, mi ropita de fiesta y mis copas de más para abaratar el botelleo acompañada de todas mis paranoias diarias. Llegamos al primer bar, y como siempre nos situamos cerca de la barra. Cuando había pedido y ya tenía mi cubata en la mano, me di la vuelta para dejar la pajilla en la barra, cuando lo vi intentando pedir a la camarera. ¡Qué guapo!, pensé. De repente, giró su cabeza hacia mí. Me dí la vuelta corriendo, muerta de vergüenza. Al poquito tiempo, miré y lo pillé mirándome otra vez.

Seguimos cruzándonos miradas un ratito más, hasta que una de las veces, sonrió. Yo seguí a mi rollo, de vez en cuando, seguía mirándolo. Él también. De repente, sus amigos le hicieron una señal de que se iban. Salieron todos. Se fue. Pero antes de irse me miró y esta vez, le sonreí yo. Había perdido mi oportunidad, debí haberme acercado, pero soy bastante tímida. Mis amigas quisieron cambiar de bar y así fue. Al salir por la puerta de salida, ahí estaba él, fumándose un cigarro. Habían pasado más de cuarenta minutos desde que salió del bar.

Como si de un imán se tratase me acerqué a él Mientras le daba la tarjeta de salida al portero, sus ojos verdes se clavaron en mí. No podía quitarle la mirada. Como si de un imán se tratase, me acerqué a él. Y me dijo: ¿Sabes por qué estoy aquí, no? No supe qué responder ni mis ojos podían dejar de mirarlo. Me vi sola, con él. ¿Vamos?, me preguntó. No dije nada, solo lo seguí. Me llevó a su coche, y de ahí a la playa. No dijo nada durante el camino. Alguna vez, me miró a la cara, a las piernas, a mi pecho, silencioso. Yo no paraba de mirarlo, como conducía, como iba vestido, como olía, hasta que miré en su entrepierna.

No necesitamos previos. Me besó cuando me tenía tumbada en la playa, tras acariciarme todo el cuerpo. Empezó por mi pelo, la cara, siguió con mis pechos, se entretuvo en la cintura, hasta que me subió la falda. No he sabido nada más de él hasta ahora. Sólo espero salir otro día y encontrármelo en la salida fumándose un cigarro