Había sido un año horrible. Tenía más ganas que nunca de que llegase el verano. Había hecho mil planes, pero todos se fueron al garete. Mi hermano pequeño tuvo un accidente. Mis padres trabajaban y yo me tenía que quedar con él. Encima tenía que madrugar porque David, el fisioterapeuta que venía a ayudar a mi hermano con su rehabilitación, llegaba temprano.

Era la personificación de la perfección en todos los sentidos"

Madrugar se convirtió en un placer cuando lo conocí. Cualquier mujer caería rendida a sus pies. Pero no cualquier mujer tenía la suerte de tenerlo en casa dos horas cada mañana. Era la personificación de la perfección en todos los sentidos. Ese bombón tenía que ser mío. Cada mañana lo recibía con un camisón más sexy y más corto que el anterior. Pese a emplearme a fondo en el arte de la seducción, “el bombón” se resistía a mis encantos. Álex se puso enfermo. Mi madre me pidió que avisase a David para que no viniese aquel día. Por supuesto, se me pasó hacerlo. Y como cada mañana “el bombón” se presentó en casa.

Abrí la puerta. Tan solo una diminuta toalla cubría mi cuerpo. “Álex está enfermo y no va ha poder hacer sus ejercicios hoy. Siento haberte hecho venir para nada”, le dije. Me di la vuelta y avancé por el pasillo. La puerta se cerró. Me paré en seco. No podía ser que se hubiese ido. Había hecho el ridículo más espantoso de mi vida. De repente sentí que sus brazos rodeaban mi cuerpo. Sus labios se deslizaron sobre los míos. Se desnudó, me cogió de la mano y me llevó al baño. Me quitó la toalla y nos metimos en la bañera… Y dimos rienda suelta a nuestra pasión.

Durante casi dos meses, David siguió viniendo a mi casa todas las mañanas. Cuando terminaba sus ejercicios con Álex, comenzaba su particular terapia fisioterapéutica conmigo. Alex se recuperó muy bien de sus lesiones. Yo todavía no logro superar las mías. Y es que David, “el bombón”, era todo un profesional, tanto en el terreno profesional como en el sexual.