Ana Curra
Ana Curra, durante su actuación en el festival Universimad en Madrid. C. H.

El pasado día 15, a primera hora de la tarde, Ana Isabel Fernández, 51 años, profesora de piano con plaza fija en el Conservatorio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid), se despojó probablemente de sus vaqueros azules de pata de elefante, tan cómodos, y se enfrentó al armario, apartando con prisa las perchas de las que colgaban las prendas de diario. Durante un minuto quedó atrapada por el brillo que provenía del otro extremo del ropero y repasó los flecos del vestido de charlestón, los chalecos acorazados, las tachuelas, el top de redecilla

Localizó los leggings de cuero acharolado un poco más allá. Después, la camiseta enlutada, el cinturón de doble hebilla que se ciñe con firmeza a la cintura, la chupa de piel. En un cajón, las gafas negras. Al mirarse al espejo pudo verse todavía delgada, la mirada bella y agónica enfurecida por el eyeliner; el rostro, nervioso; la mata de pelo bruna que luego resquebrajaría con la máquina de afeitar por los laterales, dibujando un sendero libre hasta el parietal. El rasurado se podría disimular más adelante, si quería, dejando caer unos mechones sobre las orejas.

<p>Ana Curra y Digital 21 544</p>

A las 20.00 horas, se encaramaba al escenario del festival Universimad en Madrid junto a Miguel López, alias Digital 21 (en la imagen superior), un outsider musical que con su cresta afilada imantaba el ordenador provocando cortocircuitos concéntricos; ella, por su parte, recuperaba un nombre olvidado, Ana Curra, deidad enigmática de la Movida, hermosa pegamoide, musa regresada que saltaba sobre las tablas dispuesta a olvidar el recato entre un ceremonial de beats y tormentas de humo artificial.

Desde allí relató las historias de rebeldía y automutilaciones con las que había triunfado más de dos décadas atrás de la mano de Parálisis Permanente, esta vez mareadas por los artificios de un Apple Pro. Los estribillos festivos se difuminaban con theremín. En medio de la furia, un espacio de calma para su piano. Porque, tal vez, Curra, esa noche, también quiso exponer ante el público ese rincón tranquilo de su vida diaria, el construido a partir de partituras clásicas, pianofortes, recitales y alumnos brillantes y esforzados en la sierra madrileña.

Superviviente de mil batallas

Ana vive en una casa amplia de techos altos del encopetado barrio Salamanca de la capital. Allí, entre muebles señoriales de madera, instrumentos musicales y objetos de mitomanía pop, comparte su vida con el músico César Scappa, un superviviente de los excesos de los 80, aquellos años en los que "no había información sobre drogas y te decían que ponerte un pico era lo mismo que fumar un porro", ha explicado Curra. Ella también es una superviviente, muchos amigos se quedaron por el camino.

<p>Alaska y Pegamoides</p>Casi desde finales de aquella década se ha mantenido alejada de los medios, desilusionada con la industria y volcada en la docencia. Nunca le interesó estar en primera línea, dice.

No había vuelto a conceder una entrevista a un medio de comunicación hasta que lo hizo en 2006, en el programa de radio El tren de los sueños. Allí relató con sinceridad su experiencia en Alaska Y Los Pegamoides y la fascinación que había sentido por la espontaneidad de aquellos compañeros vestidos de negro y rosa puñeta. También, el recelo de Carlos Berlanga a que el resto de miembros interviniera en la composición de los temas, y su amor por uno de los componentes de la banda, Eduardo Benavente, a quien la teclista todavía recuerda como "un artista voraz y camaleónico" (con él compartiría luego los proyectos Parálisis Permanente y Seres Vacíos). O el dolor que sintió cuando Benavente murió a los 21 años en un accidente de coche en el que ella conducía ("me llamaban la viuda de Madrid"), su caída en las drogas y cómo la discográfica Dro arrampló con el sello discográfico que había montado la pareja y apenas le pagó los royalties correspondientes.

Hoy, su regreso a los escenarios le ha traído más entrevistas, pero ya no le gusta que le pregunten por el pasado. Quiere hablar de su nueva aventura musical junto a Digital 21, un proyecto experimental y  "diferente" a todo lo que ha hecho con anterioridad. El álbum verá la luz después del verano. Hasta entonces, habrá que esperar.

Amores y dolores

Ana Curra dice que la noche en la que murió Eduardo Benavente, el 15 de mayo de 1983, le cambió la vida. "Pasé de sentirme la persona más feliz del mundo y de trabajar con la persona de la que estaba enamorada, a quedarme sola".

Pero detrás de ese gran amor hubo otros. La artista fue musa y pareja del que hoy es su gran amigo, el fotógrafo Alberto García-Alix. De aquella relación quedan, entre otros muchos, el retrato de Ana Curra en Venecia ("Contar la historia que hay detrás de esa imagen amenizaría un largo viaje, ha advertido Alix), fotos en patios desnudos y las que luego se convirtieron en las carátulas de los álbumes que grabó en solitario.

Más tarde, Ana conocería a El Ángel (Ángel Caballero), un joven poeta de versos desgarrados y músico de la banda Los Escaparates. Las drogas y finalmente el sida se lo llevaron a principios de los 90. Hoy comparte vida, amigos y recuerdos con otro ex componente de Los Escaparates: César Scappa.

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