salvi melguizo
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Salvadora Melguizo, Salvi, como quiere que la llamen, se mueve con soltura por los pasillos de la clínica. La sigue su perra Bimba, a la que nadie imaginaría ladrando. Por falta de oxígeno durante el parto, Salvi sufrió una atrofia del nervio óptico y es ciega de nacimiento.

Se mueve con rapidez, es una persona ocupada. Por las tardes trabaja de fisioterapeuta en el hospital Gregorio Marañón, y por las mañanas, en la consulta privada que abrió hace casi seis años. Siempre tuvo la certeza de poder hacer lo que se propusiera y se matriculó en la universidad para hacer fisioterapia. «El problema no es ser ciego, sino los límites que te pone la gente, los demás».

Sonríe recordando las últimas novedades en artículos para ciegos, como la agenda electrónica con GPS de 3.000 euros que tanto le llamó la atención. Los aparatos no limitan la independencia. Ha vivido sin ellos y puede seguir haciéndolo, pero le fascina la tecnología. «Ser ciego es un artículo de lujo».

Las manos de Salvi son finas, pero fuertes, y las yemas de los dedos parecen tener una aureola de sensibilidad. No hay estorbos visuales, se comunica con el paciente a través de la piel («es un diálogo celular»). Algunos se tranquilizan al saber que ella no los ve y otros le dan un valor añadido a las manos de una ciega.

Es mucho lo que Salvi descubre de la persona sólo con tocarla. Al ser ciega se da cuenta de lo esclavizados que vivimos por nuestra imagen. «Alguna paciente viene con cincuenta y tantos años, operada de todo. Le pongo la mano en el cuello y noto los repliegues de la cirugía plástica. Le pregunto la edad y me dice: “Porque no me ves, pero aparento 15 años menos”, y me cuestiono si eso es importante. La gente se deja llevar demasiado por la imagen  y algunos tienen muchos complejos. Hay una insatisfacción muy grande».