Hotel Valmont
Manuel L. Sacristán, cantante de Hotel Valmont. S. MANZANO

Aunque cada uno canaliza la sangre y los sentimientos a su modo, existe una reacción muy sintomática por parte de un amante de la música tras terminar un concierto, que ayuda a calibrar el efecto causado. No es otra sino enchufarse tras la actuación las canciones que le han deleitado sobre el escenario. Es difícil resistirse a ello tras una velada intensa, convincente. No surge el deseo tras un chasco en vivo. Esa es la grandeza del directo. Esa es la grandeza de Hotel Valmont, cuyas canciones a buen seguro que seguirán echando humo tras lo acontecido la noche del sábado 15 de mayo.

A pocos metros de una Gran Vía madrileña atestada, con vecinos y curiosos homenajeando la emblemática calle durante la jornada de San Isidro, esta banda de rock se vaciaba en El Perro De La Parte De Atrás Del Coche, sala de nombre pintoresco para albergar un concierto que, por fortuna, no tuvo nada de excéntrico, exótico o pseudovanguardista. Fue una exhibición clásica, recia, intensa, a corazón abierto, furiosa, incluso hostil, en el mejor de los sentidos. Hotel Valmont es una banda de rock que se comporta, que suda, que funciona como una banda de rock. El rock bien entendido es talento y pasión, hambre, inconformismo, peleas a la contra, salto de vallas. Partiendo de aquí, Hotel Valmont es puro rock, trascendiendo cualquier consideración de etiquetas o marketing. Y existen pocas, muy pocas bandas de rock en este país. Aquí tienen una.

Tras una barra, y erigiéndose sobre un recinto cilíndrico, casi como embutidos en un búnker, la banda liderada por Manuel L. Sacristán confirmó las sensaciones suscitadas tras las filtraciones de sus canciones por internet, y que, de no caer un inesperado rayo sobre ellos, conformarán uno de los discos más esperados en el circuito underground madrileño. No es justicia poética, es sentido común. La algarabía en la sala tras la demostración de Hotel Valmont era unánime. España y esta banda se necesitan mutuamente.

Buscando la chispa

Curiosamente, la actuación no impactó inmediatamente. Miss Óxido y Sin Estrellas pusieron en liza a unos músicos que aún buscaban el tono, la chispa. Algún desajuste técnico tampoco ayudó. Detalles menores para Manuel (voz y guitarra), Angel González (guitarra), Alejandra Valadés (teclados), Christian Gómez (bajo) y Andres Freites (batería), que cuando desplegaron las alas espantaron fantasmas y devoraron la sala, los prejuicios y el búnker. El Tren De Medianoche y Noches De Sci-Fi captaron la atención y la admiración del último escéptico allí congregado, lacerante y oscura la primera; juguetona, arrebatadora, hechizante la segunda. Hotel Valmont soltaba el primer puño, ajustaba la primera cuenta.

Manuel, devoto reconocido de Antonio Vega, poco a poco se desprendía del corsé y de la corrección, se soltaba, se gustaba, se enfurecía, su mirada ganaba filo. A la actuación le vino maravillosamente bien, porque redobló su intensidad. Una intensidad sonora y emocional que les hace muy particulares. Es inevitable asociar su propuesta a la de Antonio Vega, con el que comparte un gusto por la melodía y un latido intimista muy similar. Pero instrumentalmente derrochan una sorprendente agresividad, un descarnamiento que, puestos a entrar en el muchas veces injusto y reduccionista juego de encontrar influencias, les podría acercar estilísticamente a los Dukes de Steve Earle, a Drive-By Truckers, o a los Crazy Horse de Neil Young, por ejemplo, especialmente cuando se desbocan, cuando atruenan. Si a ello le sumamos a un vocalista que a ratos recuerda a José Antonio García, de 091, sobre todo por ese punto chulesco y canalla que a veces imprime a sus estrofas, los profanos quizá puedan hacerse una idea de esta formación. En el panorama nacional, los muy recomendables Los Madison podrían tener cabida aquí en este análisis, absurdo, reduccionista.

Repertorio muy sólido

Porque aunque no inventen ningún estilo, lo cierto es que resultaría psicodélico tildar a Hotel Valmont de copia o pastiche de nadie. Fundamentalmente porque pueden presumir de un repertorio muy sólido. Con canciones buenas y menos buenas, como todo dios que se dedica a esto y merece la pena. Entre las primeras, por cierto, y volviendo al búnker, qué símil más adecuado para una banda con tanta fe y reguero de sudor a sus espaldas, sobresalió Radiografía De Un Fracaso, la canción que en un mundo cabal derribaría puertas, prejuicios y corazones a destajo. En la sala lo hicieron, desde luego. Inmensa. Aunque su primera mitad, antes del volcán eléctrico, fue acompañada, insólitamente, por cuchicheos y dispersiones de algunos inefables que, obviamente, no entendían nada de lo que veían. Este mundo no es cabal.

En fin, junto a 11 De Noviembre De 1959, ese maravilloso alegato contra la España fascista que nos oprimía hace medio siglo y que nos sigue, en menos dosis pero más veladamente, desquiciando en la actualidad, las dos cimas de la noche. Fue un encadenado fabuloso, de los que dejan huella. Ese sentido tributo a su fallecida madre llamado Bajo El Manto De Fuego, y que en esta ocasión dedicó a Silvia, su mujer ("sin ti no estaría aquí", espetó ebrio de emoción Manuel sobre el escenario), fue otro instante que presagia muchas veladas de gloria para este grupo.

En el bis, la trepidante California, aderezada por un silbato,  y Rey Lagarto (regocijante homenaje a Axl Rose) pusieron punto y final a un concierto prometedor, mejorable y con leves altibajos como todo lo real, lo vivo, pero con más pros que contras, de altos vuelos, de trazo fino, de menos a más, de sangre, sudor y entrañas. La banda al completo, y con la sala convertida en un clamor, saludaron y se despidieron, dejando una gran resonancia, un inmejorable pálpito. Ese búnker olía a victoria.