Richard Serra
Obra de Richard Serra. ARCHIVO

Bajo el cielo bilbaíno, que se cuela por los ventanales proyectados por Frank Gehry, los críos recorren una de las esculturas que componen La materia del tiempo. Rugoso, el acero que conforma la estructura se retuerce sobre sí mismo creando, en el universo infantil, un divertido laberinto metálico. Para los adultos, en cambio, la sala constituye una experiencia inolvidable que, por su gigantismo, remite a la niñez primero, y a reflexiones sobre el tiempo y la vida después. ¿Cómo puede transmitir calidez, recogimiento, belleza, un muro de cinco metros de altura?

¿Cómo pueden ser gráciles 200 toneladas de acero? ¿Cómo puede transmitir calidez, recogimiento, belleza, un muro de cinco metros de altura? En Bilbao, en el vientre de esa inmensa ballena metálica que es el Guggenheim, está la respuesta. En el monumental escenario donde reposan ocho de las majestuosas obras de Richard Serra. En el arte del, desde este miércoles, Príncipe de Asturias de las Artes 2010.

Cuatro verbos decisivos

Serra, hijo de español, nació en San Francisco en 1939. Conoció el demencial aullido de la forja, el infierno de los altos hornos, trabajando varios veranos adolescentes en Bethlehem Steel y Ryerson Steel, dos de las grandes fábricas de acero de Pittsburgh. No lo hacía por devoción, sino para pagar sus estudios de Literatura Inglesa. Pero, tras licenciarse, un viaje a París y a Florencia cimentó su convicción: nada de papel y letras. Escultura. Y ceñida a cuatro verbos, cuatro mandamientos básicos: "to hurl, to split, to roll and to heap" ("arrojar, rajar, rodar y apilar"). Tras licenciarse, un viaje a París y a Florencia cimentó su convicción: nada de papel y letras

Abanderado del minimalismo, las descomunales estructuras metálicas estaban lejos. A finales de los sesenta, las series Prop o Belts, la muestra Live Animal Habitat, nos muestran la rebeldía y originalidad de su autor, pero todavía a escala pequeña. "Lo importante de esos primeros tiempos", explicaba Serra, "era el proceso creativo, no el resultado final. Eso me mostró cómo crear movimiento, escapar de la metáfora, de la imaginería sencilla".

Paisajes alterados

Mientras pasaban los años, crecía su fama y el tamaño de sus obras. Galeristas como Leo Castelli, coleccionistas como Emily y Joseph Pulitzer, se interesaron por un arte que, debido a su volumen, saltó de las galerías a la calle. Las inclemencias del tiempo, la mutabilidad y la oxidación del metal encontraron perfecto refugio en la intemperie. Esculturas que modifican el entorno, cambian paisajes, otorgan a lugares y espacios una nueva identidad cultural. Serra, entonces, se erige como uno de los grandes representantes del Land Art: junto a Dennis Oppenheim, Joseph Beuys, Christo Javacheff o Robert Smithson, alteran la mirada del arte, lo alejan de la severidad museística y, por qué no, reflejan también la huella humana (casi siempre nociva) sobre la naturaleza. Las inclemencias del tiempo, la mutabilidad y la oxidación del metal encontraron perfecto refugio en la intemperie

Como no podía ser de otra forma, compromiso y volumen artísticos le causan algunos disgustos. En 1981, por ejemplo, Arco Inclinado es instalada en la Plaza Federal de Nueva York. Con sus tres metros y medio de altura y una longitud de casi cuarenta metros (su grosor, en cambio, es de centímetros), los ciudadanos que tienen que cruzar el lugar se encuentran con una incómoda pared de metal y exigen su retirada. Una votación pública, finalmente, recomienda su traslado. Serra, que concibe cada obra en función del lugar en que quedará emplazada, no pasa por el aro y exige su destrucción. "O es ahí, o no será", parece decir el artista. En 1989, la descomunal escultura es desmantelada y convertida en chatarra, convulsionando al escenario cultural. ¿Quién decide dónde situar el arte? ¿Los políticos? ¿La ciudadanía? ¿Los artistas? Serra, provocador, echa más leña a la hoguera:"El arte no es placentero. No es democrático. El arte no es para el pueblo".

Adiós a la pasividad

Su obra, en cambio, desmiente tan grosera afirmación. No hace falta saber nada para admirar su monumentalidad. Lejos de abru- mar, las medidas de sus esculturas incitan al espectador a olvidar su rol pasivo, obligándolo a tocarlas y pasear entre ellas. Ciudades de medio mundo se pelean por albergar sus creaciones: Londres, Berlín... Los franceses le entregaron su Medalla de las Artes: ver la exposición que, hace dos años, se celebró de su obra en el Grand Palais parisino hacía comprender el porqué. Los monolitos que constituían Paseo, imponentes bajo el techo acristalado del edificio, eran sobrecogedores.

Por "invitar a la reflexión y al asombro". Por su "audacia para vertebrar desde su perspectiva minimalista los espacios urbanos más significativos". Por, junto a David Smith, Augustus Saint-Gaudens y otros pocos, ser el más importante escultor estadounidense del siglo xx. Por eso, y por otras cosas, será lógica la coronación en Asturias del desmesurado rey del metal.

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