Julio Medem
Julio Medem. Jorge París

Hace casi veinte años revolucionó el cine español con Vacas (1991). Los buenos augurios se confirmaron con La ardilla roja (1993), Tierra (1996) y Los amantes del Círculo Polar (1998), que mostraron a un cineasta lírico y original. Después, el revés de la crítica (Lucía y el sexo, 2001), el público (La pelota vasca, 2003) o ambos (Caótica Ana, 2008). Ahora, Julio Medem vuelve con Habitación en Roma, remake de la chilena En la cama (2005), pero también un emocionante regreso al universo del creador donostiarra.

Remake y en inglés. ¿Por qué?
Cuando me lo propusieron dije que no; después vi la película original y seguí negándome. Hasta que lo vi como un reto. Tenía todo en contra: aparcar las atmósferas que, en mi cine, me surgían de manera natural; meterme en situaciones y personajes con los que, a priori, no me iba a lucir... En vez de paisajes, la habitación de un hotel. Pero acabé superándolo bien.

¿Cómo?
Al escribir el guión me gustó hablar de dos mujeres, y que una española y una rusa se encontraran en Roma, un lugar extraordinario. Dejé de pensar en innovar y opté por disfrutar: firmé, y en dos meses tenía el guión.

¿Entra en una nueva etapa?
Ya estaba en ella. Tras Caótica Ana, quería rodar una historia sobre Aspasia y Pericles, pero el proyecto se cayó. Me vi en Habitación en Roma pensando en un cambio total.

Dejé de pensar en innovar y opté por disfrutar: firmé, y en dos meses tenía el guión

Que consistirá en...
En tratar de hacer, y bien, producciones más grandes. Aunque tampoco me gusta tanto hablar de cambios... Sé lo que he hecho hasta ahora. Películas que ya están: yo me moriré, pero ellas seguirán viviendo. Y yo intentaré no repetirme como cineasta, hacer algo nuevo, y si puede ser, intentar ceñirme más a asuntos históricos.

¿Cómo ve al 'nuevo Medem'?
En Málaga, lo vi en un escenario siendo homenajeado. Y me lo tomé como un estímulo para esta segunda parte de mi carrera. Sé que ya he cambiado estos últimos años, pero debo hacerlo aún más. Hacerme más fuerte, más potente, más sólido. Si sale, la próxima película será muy gorda, pero me apetece mucho.

Películas más gordas, hacerse más fuerte y sólido... ¿No teme perder su sensibilidad?
No sé. Iré como todos, paso a paso, sin saber lo que voy dejando atrás. Sé una cosa: que tendré más experiencia, algo que ayuda muchísimo en cine. Si Habitación en Roma fuese mi primera película, me habría salido mal. Seguro. Porque no es una historia fácil ni sencilla, porque no se ha contado muchas veces. Con los años, se acumula gusto y experiencia. Respecto a la sensibilidad, a la autoría, lo profundo o lo poético, no sé. Ni lo que tuve ni lo que tendré.

¿Cambió mucho estos años?
Sí. Cuando hice Vacas no podía dirigir a dos personas a la vez. Ahora tendré que dirigir a grupos mucho más amplios. Eso que he ganado.

Sin embargo, sigue pareciendo muy tímido.
Sí. Y lo sigo siendo.

Pero su cine es muy íntimo, muy personal.
Claro: necesito expresarme. De pequeño me acomplejaba no saber hacerlo, parecía tonto. No sabía sacar lo que tenía dentro, y para eso el cine es una maravilla.

¿Es también tímido con las mujeres? En su cine suelen ser muy bellas, muy protagonistas...
¡Sobre todo era tímido con ellas! Después, con los años, fue cambiando algo. Pero sigo siéndolo, sobre todo si se cruza alguien espectacular.

Pequeños detalles de nuestra vida, momentos puntuales, nos marcan. Y nos dan una segunda oportunidad

¿Cómo elige a las actrices?
El casting suele ser uno de los procesos a los que dedico más tiempo. Hay personajes que salen enseguida, pero por lo general... Por ejemplo, me costó mucho elegir a Manuela Vellés para Caótica Ana. O a Paz Vega en Lucía y el sexo. Soy muy exigente: en un principio, el personaje me pertenece sólo a mí, y no poder compartirlo lo hace todavía más difícil. ¿Cómo va a conseguir una actriz en una simple prueba transmitir algo a lo que tú llevas meses dándole vueltas? Es imposible.

Pero, al final, tiene que elegir.
Sí, aunque siempre con mucho miedo a equivocarme. Y después, empieza el trasvase. Voy sacando el personaje de mí y se lo transmito a la actriz. Vamos juntos, de la mano, y ella empieza a adueñarse del personaje, a ponerle cosas de su alma.

¿Cómo eligió en Habitación en Roma?
Pensé en Elena Anaya enseguida, pero buscamos durante meses a la otra actriz. Elena me acompañó a castings en Moscú, porque necesitaba su opinión y, al final, teníamos a Natasha en Barcelona.

Durante casi todo el metraje ambas están desnudas. ¿No teme que se hable más de morbo y sexo que de cine?
Después de Lucía y el sexo pensé en dejar ese camino, pero lo que mandan son las historias y, en Caótica Ana, de nuevo aparecían desnudos. Pero eso no es lo más importante en Habitación en Roma, sino cómo ellas se descubren, crean una complicidad y viven una pasión.

El azar, como en otras de sus películas, también aparece.
A muchos les parece que es una tontería, pero para mí es importante. Uno de los personajes lo dice: "Lo que hubiera podido llegar a pasar si...". Y pasa. Pequeños detalles de nuestra vida, momentos puntuales, nos marcan. Y nos dan una segunda oportunidad.

Desnudas de cuerpo y alma

<p>Elena Anaya.</p>Elena Anaya repite con Medem (trabajó en Lucía y el sexo), ahora como protagonista: casi dos horas de película encerrada en un hotel conociendo, y amando, a una desconocida. "Le dije a Julio que sí cuando ni tenía el guión", explica la actriz, "pero no imaginaba que pudiera darle tanta emotividad a la historia". Anaya explica que el personaje de Alba le robó "muchos kilos": "Si el rodaje dura una semana más, tienen que ponerme suero", pero que Medem mimó a las actrices en el rodaje. ¿Y ellas? ¿Cómo se trabaja con Medem? "Con mucho respeto -dice-, siendo fiel a lo que pide. Acercándote mucho para poder limpiarte de todo lo demás y darle lo que quiere". Un trabajo, el de actriz, "muy difícil", explica. "Siempre hay que seguir aprendiendo, hasta de tus personajes. Ellos también te dan lecciones".