Pero al currito de a pie, que calza ya sus treinta y pico años y se apaña con unos mil euros al mes, no le salen las cuentas más que para un alquiler o una hipoteca de esas que te aprietan el cinturón hasta dejarte sin aliento. Pero, aún así, tampoco. A menos que, puestos a tomar decisiones, uno se líe la manta a la cabeza y se empareje.

Y es que los nuevos matrimonios del siglo XXI se casan por el banco, y no por la Iglesia ni el Juzgado, porque así está escrito en la biblia del ladrillo. Más que compartir amor, lo suyo es compartir gastos, y si la cosa sale bien, estupendo. Dos pichoncitos que encuentran su nido de amor y lo pagan con el sudor de ambas frentes.

Pero si sale mal, en el mejor de los casos, se vende el matrimonio hipotecado a otros dos a los que se les desea más suerte y se vuelve uno, a los cincuenta, a casa de sus padres, sin piso, sin alquiler y sin novio. Pero libre de hipotecas, al fin y al cabo.