Madrid, 10 de marzo de 1985. El reloj marca la una y media de la madrugada. Y se masca la tragedia: la fiesta de una discoteca se ve enturbiada por la presencia, a las puertas del local, de la banda de rockers conocida como Los franceses.

<p>El Caso - información Rock-Ola</p>Cuando uno de los elegantes mods sale a tomar el aire, llueven los insultos. Sus amigos no tardan en salir y las navajas hacen acto de presencia. La reyerta se salda con la muerte del rocker Demetrio Jesús Lefler, y el pánico se desata en los medios. El acontecimiento es la sentencia de muerte del Rock-Ola, la sala más emblemática de la movida madrileña: un mes más tarde de la pelea, una orden judicial decreta su cierre definitivo.

El desgraciado final del Rock-Ola no logró empañar su leyenda. Fundada en el local que anteriormente había ocupado una guardería, la discoteca se había convertido en todo un referente del ocio madrileño. Atrás quedaban cuatro años de fiestas, desenfreno y explosión creativa; pero, ante todo, de diversión en pacífica convivencia entre quienes quisieran pasar por allí.

"Aquello era como la plaza del pueblo. Se juntaban punkis, hippies y hasta pijos del barrio de Salamanca", recuerda Pepo Perandones, encargado de la programación de la sala, el diseño de carteles y la selección musical de Rock-Ola. "Al final de la noche, los barrenderos se tomaban una copa al lado de Almodóvar", cuenta. Pepo, que trabajaba "mucho cobrando muy poco", recuerda con cariño una sala en la que muchas cosas "se improvisaban sobre la marcha", y en la que, ante todo, "se trabajaba con muchísima ilusión y energía".

En la variedad está el gusto

<p>Nacha Pop - 250</p>El eclecticismo era la seña de identidad de un local en el que se forjaron bandas como Nacha Pop, Los Secretos, Radio Futura o Alaska y los Pegamoides. Además, muchos de los grandes grupos internacionales de los ochenta pisaron su escenario. Desde Nick Cave o Spandau Ballet hasta Depeche Mode, Siouxie and the Banshees o Killing Joke.

"La programación era verdaderamente potente", recuerda Alaska, asidua a los conciertos de la discoteca. "Traían a las bandas que en aquel momento sonaban en Inglaterra". Pepo coincide, aunque matiza: "En el Rock-Ola sonaba de todo. Y aunque eran las mismas canciones que sonaban en los 40 Principales, las poníamos seis meses antes de que llegaran a las radios".

Y es que un viaje a Londres, auténtica meca de todo lo que olía a moderno, no estaba al alcance de cualquiera. "Cuando iba alguien era todo un acontecimiento. Cuando volvía, los DJ estaban esperándole en el aeropuerto", cuenta Pepo.

Los años locos, en un libro


"El Rock-Ola era un sitio cutre, como todos los bares importantes. Un lugar donde uno iba a drogarse, a escuchar buena música y a beber garrafón. Pero era el sitio al que había que ir: siempre pasaba algo interesante", explica Chema Martín, de la editorial Amargor. Él es uno de los nombres que están detrás del proyecto que finalmente verá la luz el próximo 15 de abril.

<p>Rock-Ola HOY</p>Rock-Ola. El templo de la movida, escrito por Antonio de Prada, recoge la efervescente trayectoria de la emblemática discoteca a través de sus protagonistas, sus anécdotas y su sonido. Un homenaje de lujo a la sala para conmemorar el cuarto de siglo de su desmantelamiento.

Hoy, poco queda de lo que en su día fue el Rock-Ola. En el local de la calle Padre Xifré número 5, cerrado desde hace años, los grafitis rodean el letrero de "se alquilan trasteros". Ajenos a lo que fue, los viandantes pasan ante su puerta con indiferencia. Pero algunos no olvidan. "Aquí estaba Rock-Ola", recuerda un vecino con gesto nostálgico señalando el destartalado local. Y, en cierto modo, algo de su esencia permanece inalterable. Aunque sólo sea en forma de canciones inmortales.