Eduardo Noriega
Nació en 1973 en Santander. Es el pequeño de siete hermanos. Obtuvo dos candidaturas al Goya 'Abre los ojos' y  'El Lobo'. Jorge París

Adiós o, al menos, hasta pronto a los papeles de ligón juvenil: Noriega se atreve a encarnar a un padre torturado. Y no: en 'El mal ajeno' luce canas, pero no bigote.

¿Qué espera de esta película?
Nunca me han felicitado tanto: no da respiro, ni parece una ópera prima. No deja indiferente a nadie.

Encarna al padre de una jovencita. ¿Se veía en el papel?
Cuando me lo ofrecieron, no, no sólo por la edad, sino porque veo la vida de forma distinta a la del personaje. Pero insistieron y, cuando me caractericé, sí me vi. Y empecé a trabajar su interior.

¿Y qué hay dentro de Diego?
Alguien en crisis, tan insensible a los problemas de los demás que está encerrado en sí mismo. Hasta que emprende un viaje interior.

¿Cómo trabajó el papel?
Con el director, con mi profesor de teatro, y, muchas noches, yendo al Hospital Gregorio Marañón. Fueron meses muy intensos. Como actor, he aprendido a ser paciente. Y a saber que trabajar ya es un éxito

¿Cómo son los médicos?
Apasiona verlos con sus pacientes, pero también hablando entre ellos. Veía a mi personaje frío, oculto tras una coraza excesiva, pero los médicos me dijeron que son así. Es inevitable. Si no te proteges, no rindes. Se volverían locos si se llevaran el dolor de sus pacientes a casa.

Y usted, ¿no se lleva el dolor de sus personajes a casa?
Trato de evitarlo. A veces trabajo 16 horas, sin parar, pero en cuanto corto hablo con un amigo, leo... Actuar apabulla, tienes que desconectar.

¿Desconecta de ser famoso?
No le doy importancia. Si te fijas mucho en eso, la cagas. De lo que tienes que estar pendiente es de actuar.

Suena difícil si, con 20 años, te conviertes en estrella.
En mi caso fue progresivo: la atención de 'Tesis' fue, por suerte, para Amenábar. Veo a Canales, el futbolista del Racing, y pienso: pobre chaval. No te conoce nadie y te ficha el Madrid. Debe de ser difícil.

Así que la clave es...
Aguantar. Esto es una carrera de fondo: los actores que se hacen muy famosos por la tele desaparecen. La fama inmediata se va antes. Entrena y demuéstralo en cada papel.

¿Tanto entrena usted?
Un actor usa su cuerpo, su alma, así que no dejas de formarte. Cuanta más experiencia tengas, más complejidad volcarás. Sigo sintiendo que estoy empezando, y es bueno. Me pone las pilas. Y más ahora que todo es tan pasajero: encierras tres meses a un chaval, le pones una cámara y ya suelta que está preparado para ser un cantante estrella.

¿Le duele el dolor ajeno?
No me gustan los hospitales, pero si hay que ir a ver a alguien se va. Con el dolor y la enfermedad somos egoístas: no nos gusta ni hablar de ello. Pero siempre lo terminas enfrentando, hay que asumirlo: no habría días soleados si no lloviese. El dolor es tan parte de nosotros como la alegría.

¿Qué aprendió estos 15 años?
A tomarme las cosas con calma. Y a saber que sólo trabajar ya es un éxito.

¿Qué opina de la polémica en torno a Guillermo Toledo?
En España no está normalizado que un actor hable de política: te condenan. Pero ¿por qué cebarse con alguien porque tenga una opinión? ¿No tiene derecho a decir lo que le dé la gana? No sé lo que dijo, pero es su opinión. No representa a nadie, salvo a sí mismo, pero hay medios que aprovechan cualquier excusa para cebarse con el cine español. En esta profesión hay de todo: gente de izquierdas, de derechas y a las que les da todo igual. No estamos agrupados. Pero desde el 'No a la guerra', estamos señalados. Bueno, desde antes: a Ana Belén o a Víctor Manuel ya los llamaban rojos hace 25 años...